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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

¿Quiénes hemos ganado?

Mítica es la frase que Pío Cabanillas sr., antiguo ministro de Suárez y prohombre de la Unión de Centro Democrático, repetía la noche electoral, una vez se acababa de computar el resultado de las urnas: «¿Quiénes hemos ganado?», preguntaba en voz alta.

Quería decir con esa retranca don Pío que, apenas unas horas después de que la ciudadanía hubiese depositado su voto, todos y cada uno de los partidos se declaraban vencedores en la contienda electoral. Los únicos que, en puridad, podían entonces y podrían hoy afirmar su victoria con toda la razón eran o son aquellos que, lógicamente, habían o han ganado las elecciones. Pero es que los segundos y los terceros, hasta los cuartos y quintos podrían aún, muy democráticamente hablando, confiar en que un malabarismo aritmético los aupase a un poder que el porcentaje de voto, de no haber obtenido la mayoría absoluta, les habría negado de manera directa.

Ninguno, en efecto, va a reconocer derrota alguna, salvo que esta fuese de cataclísmicas proporciones. Admitirla equivaldría casi con seguridad a dar por finiquitada la carrera política del líder, y eso es algo que casi ninguno de nuestros actuales y muy profesionales representantes desea en absoluto.

Por el contrario, disfrazando sus fracasos, relativizando sus cómputos, siempre cabría la posibilidad de volver a tener segundas o nuevas oportunidades, revertir revolcones, resultados, incluso ganar o recuperar, al fin, la confianza del pueblo. No sería la primera vez que un partido que ha sufrido un castigo en las urnas consigue gobernar con otros que tampoco hayan ganado, incluso perdido votos.

Pero así es nuestra ley electoral, así es nuestro sistema. Todos han dicho más de una vez que hay que cambiarlo, unificarlo, igualarlo, pero hasta ahora no lo han hecho, por lo que hay que aceptar las reglas.

Mañana, con todos los partidos aragoneses autodeclarados vencedores, dará comienzo a varias bandas la negociación para aspirar a la investidura de un presidente.

No será fácil, como tampoco lo fue en el arranque de legislaturas anteriores, pero el resultado deberá producirse en el plazo fijado, dejando atrás, frente a las sonrisas del poder, egos maltrechos, el amargo sabor de la oposición.

A Cabanillas se le atribuye otra frase, tan cínica como la primera: «Al suelo, que vienen los nuestros». Veremos quién o quiénes quedan en pie.

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