Opinión
La torre que vigila los pactos
En estos días de negociación frenética, sería un buen ejercicio de salud mental recomendar a nuestros políticos una pausa turística en su propio lugar de trabajo
Mientras en el hemiciclo moderno se cocinan los pactos de la nueva legislatura, la parte más antigua de la Aljafería nos recuerda, desde sus nueve siglos de historia, que el verdadero drama no está en los escaños.
Esta semana, los pasillos de la Aljafería van a echar humo. Tras la resaca electoral, el palacio aparca la poesía y se llena de prisas, llamadas discretas en los rincones y calculadoras que no darán tregua. Los «fontaneros» de los partidos recorrerán la planta baja buscando esa mayoría mágica que permita gobernar Aragón. Sin embargo, si alguno de esos diputados levantara la vista del móvil hacia el cielo de Zaragoza, se daría cuenta de lo insignificante que puede ser una legislatura comparada con la eternidad de piedra que les vigila desde arriba: la Torre del Trovador.
A los aragoneses, que a veces cruzamos el puente del foso con la prisa de la rutina, se nos olvida a menudo la extraña matrioska que tenemos por sede parlamentaria. Justo encima de donde sus señorías debatirán el futuro de la Sanidad o la Educación, se alza el escenario de una de las óperas más trágicas de la historia. Una ironía maravillosa si nos ponemos a pensar: abajo, el teatro de la política con sus discursos medidos; arriba, el drama desgarrador y ficticio que inspiró a Verdi.
Pero la Torre impone respeto por su realidad, no solo por la leyenda de Manrico y Leonora. Antes de ser un mito romántico, este prisma del siglo XI fue torre del homenaje y, más tarde, una de las cárceles más temidas de la Inquisición.
No hace falta mucha imaginación. Basta acercarse a los muros interiores de las plantas superiores para intuir los trazos toscos que todavía se conservan, tenemos desde fechas, nombres y cruces rascadas con clavos o piedras en el yeso. Son los mensajes desesperados de presos reales que, siglos atrás, dejaron constancia de su angustia en el mismo lugar donde hoy se aparcan coches oficiales. Ese es el verdadero peso del edificio. Frente a la ansiedad de perder una votación o una consejería, esas marcas en la pared nos recuerdan qué es el drama de verdad.
En estos días de negociación frenética, sería un buen ejercicio de salud mental recomendar a nuestros políticos una pausa turística en su propio lugar de trabajo. Que suban los escalones de la torre. Que sientan el frío húmedo que desprende la historia cuando se desnuda de protocolos.
Aragón no se inventó este pasado domingo en las urnas. La legitimidad de nuestras instituciones reside precisamente en haber sabido transformar una fortaleza militar y una cárcel en la casa de la palabra. La Torre del Trovador es el ancla que sujeta este barco; el testigo mudo que ha visto pasar a reyes taifas, a los Católicos, a tropas francesas y, ahora, a nuestros representantes democráticos.
Así que, cuando vean esta semana en los telediarios a los líderes entrar y salir del palacio con gesto de preocupación, recuerden la perspectiva. Ellos y sus pactos pasarán. Pero la Torre seguirá ahí, impasible, esperando al siguiente inquilino y recordándonos que, aunque la política decida nuestro presente, la cultura es lo único que garantiza nuestra memoria.
Como diría el propio Manrico en el libreto: 'Sconto col sangue mio, l’amor che posi in te' (Pago con mi sangre el amor que te di). A nuestros diputados solo les pedimos que paguen con trabajo y diálogo el amor por su tierra; que para sangre y tragedias, ya nos basta con la ópera.
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