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Opinión

Alberto Quílez Robres

Alberto Quílez Robres

Doctor en Educación por la Universidad de Zaragoza

El arte de no ser un ‘cuñao’ profesional’

Hemos pasado de la sana charla de bar –donde al menos te mirabas a la cara– al linchamiento digital en un clic. Priorizamos el «salseo» y el zasca rápido por encima de la razón.

Seguro que usted conoce a uno. Quizás lo tiene sentado en la mesa de al lado en el bar mientras apura el carajillo, o tal vez sea ese vecino, amigo o familiar que siempre tiene una sentencia preparada para arreglar el país –y el mundo– mientras espera el pan. Es el «criticón» de manual, el «sabiondo» de toda la vida, una figura que abunda tanto en nuestra tierra como los baches en las carreteras secundarias.

Para este espécimen, todo es un desastre, todos son unos inútiles y, por supuesto, él lo haría mejor, aunque nunca explica cómo ni con qué presupuesto. En su mundo, el resto de los mortales somos simples extras en la película de su genialidad incomprendida.

Hoy en día, gracias a las redes sociales, este «criticismo» de salón se ha convertido en el deporte nacional, superando incluso al fútbol en intensidad de gritos. Hemos pasado de la sana charla de bar –donde al menos te mirabas a la cara– al linchamiento digital en un clic. Priorizamos el «salseo» y el zasca rápido por encima de la razón. Pero ¡ojo!, no nos confundamos, que aquí está la madre del cordero. Existe una diferencia abismal entre criticar (ese deporte de soltar bilis sin filtro) y ser crítico. En esta distinción no solo nos jugamos la paz en la cena de Navidad para que no vuele el cuñado por la ventana, sino la salud misma de nuestra democracia.

Para entender esto, debemos acudir a lo que llamaremos «Agricultura del Pensamiento». Si nos ponemos finos y miramos la etimología –esa palabra que suena a cara y rara, pero que solo es el árbol genealógico de los conceptos–, «crítica» viene del griego 'krinein', que significa separar o cribar. Es una metáfora agrícola preciosa y muy nuestra: el crítico es quien, con paciencia y brazo firme, separa el grano de la paja. El problema es que hoy muchos han tirado la criba por el terraplén y se dedican a lanzar la paja directamente a los ojos del vecino para cegarlo.

La psicología moderna nos da una pista de porqué nos pasa esto. Daniel Kahneman hablaba de dos sistemas de pensamiento. Criticar, en su versión patológica, es una reacción del «Sistema 1»: ese modo automático de nuestro cerebro que es rápido, visceral, emocional y, reconozcámoslo, un poco vago. Es el que nos hace decir «esto es una porquería» o «vaya estafa» antes de haber terminado de leer el primer párrafo del titular. Es el cerebro ahorrando energía a costa de la verdad.

Sigamos con el segundo capítulo de este manual: el «criticón» frente al «ser crítico». El criticón profesional opera desde el resentimiento y la comodidad del sofá. Es una especie de «vampiro emocional» que proyecta sus propias frustraciones y fracasos en el trabajo ajeno. Como ya se advertía en esa joya de nuestra literatura que es 'El Criticón', hay quien vive en la «Cueva de la Nada», un vacío intelectual donde solo importa el ruido y encontrar, de rebote, una falsa sensación de superioridad moral. Critican para sentirse vivos, pero su crítica es estéril y no construye ni una caseta de perro.

En cambio, ser crítico es jugar en la 'Champions League' del intelecto. Es activar el «Sistema 2»: ese pensamiento lento, pesado y costoso que nos obliga a sentar el culo, investigar, comparar fuentes y, lo más difícil de todo, dudar de nuestras propias certezas. Ser crítico no es ser un hater de esos que pululan por X (antes Twitter); es tener la autonomía suficiente para no ser arrastrado por la última moda o por el dogma de nuestra «tribu» política, deportiva o religiosa.

Autoras como Victoria Camps o Adela Cortina nos lo han dicho por activa y por pasiva: la verdadera libertad no consiste en poder decir cualquier burrada que se nos pase por el gaznate, sino en tener el criterio para distinguir lo que vale la pena de lo que es pura bisutería intelectual. Cortina nos habla de la «razón cordial». Esto implica que ser crítico no nos convierte en un témpano de hielo sin sentimientos; al contrario, es aplicar la lógica y el rigor sin perder la humanidad, la compasión ni la decencia básica hacia el otro. Probablemente, esta sea una de las principales exigencias del siglo XXI.

Vivimos en un entorno saturado de posverdad que nos sirve en bandeja de plata solo aquello que queremos oír, para que no nos duela la cabeza con opiniones distintas. La criticidad es hoy un acto exigente que implica el esfuerzo de pensar. Y ya sabemos de dónde venimos: de la cultura del «castigado al rincón de pensar». Cuando durante generaciones se nos ha dicho que pensar es un castigo, es normal que ahora, cuando la sociedad nos exige pensamiento propio, se nos escape de las manos.

Así que, la próxima vez que sienta ese impulso irrefrenable de soltar un comentario ácido en redes sociales, o de despellejar una iniciativa que no se alinea exactamente con su forma de ver el mundo, pare un segundo. No sea un «nodo» más de la red de odio. Respire, busque su vieja criba mental y separe el grano de la paja. Le aseguro que el grano es escaso, pero es lo único que nos alimenta de verdad.

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