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Opinión | Miel, limón & vinagre

Alfonso González Jerez

David Uclés, el 'best seller' como magia

David Uclés.

David Uclés.

¿Se puede contar la Guerra Civil española bajo la estética narrativa del realismo mágico? Claro que se puede. Se puede contar cualquier historia o conjunto de historias empleando cualquier voz, cualquier estructura, cualquier enfoque estilístico. Luego puede salir mejor o peor, por supuesto. A mi juicio, a David Uclés no le salió particularmente bien en su novela La península de las casas vacías. El texto está bien escrito –Uclés tiene un sentido narrativo y una prosa superiores a los novelistas españoles de su generación– y algunos hallazgos se te quedan agradecidamente en la memoria.

Pero otros muchos no. Otros son facilones, atontados, autosatisfechos. Por ejemplo, eso de que el narrador se ponga a hablar con Franco, que es una ocurrencia más vieja que el hilo negro. El lector, incómodo, queda impregnado de la adolescente fascinación de Uclés por alguna de sus paridas menos afortunadas o, si se quiere, más ridículas. Salvo en algunos momentos muy concretos el magicismo de su relato carece de la intensidad de la verdad poética, la que de algún modo rescata, expresa y potencia la verdad histórica. Uno termina prefiriendo un libro menos ambicioso que el armatoste de Uclés, pero más redondo en su modesta sobriedad, como Presentes, de Paco Cerdá. Si se prefiere grandeza, estrategias experimentales y un profundo fondo intelectual antes que Uclés está un novelista admirable y casi olvidado hoy, Juan Benet, y un título de su ciclo sobre la guerra civil en el paraje imaginario de Región: Herrumbrosas lanzas.

David Uclés nació en Úbeda hace 36 años, y ha vivido bastante tiempo en Alemania, Francia, Suiza e Inglaterra como profesor de inglés, alemán y español. No era un autor desconocido antes de su éxito de ventas, pero su presencia no pasaba de lo marginal. Antes había publicado dos novelas: un relato dialogado, El llanto del león, y otra titulada Emilio y Octubre. Por esos y otros textos consiguió varios premios literarios y un recoleto prestigio como narrador experimental.

Para escribir La península de las casas vacías disfrutó de dos modestas becas. Una de las cosas más divertidas de Uclés es su explicación sobre los innumerables trabajos que le exigió su novela: "Recorrí 20.000 kilómetros, me hice con un mapa con las carreteras provinciales, examiné fotografías de los uniformes militares, una lista con los nombres más usados en los años treinta, carteles propagandísticos, los precios de las comidas". Todo lo cuenta con un tono épico, como si los escritores en general y los novelistas en particular nunca buscaran nada, ni recogieran datos, ni se preocuparan por el contexto, los muy gañanes. "Me aislé un año en los Alpes para terminar el manuscrito", asegura el hombre, y uno se lo imagina aislado y aterido sobre un montón de nieve sacándole la punta a un lápiz.

La península de las casas vacías ya acumulaba en montón de reimpresiones y varias traducciones cuando ocurrió lo que brindó a Uclés una fugaz fama extraliteraria. El novelista había aceptado participar en un ciclo de debates dentro del Festival Letras en Sevilla titulado 1936: La guerra que perdimos todos. El motivo: en una mesa –en la que Uclés no participaba– se había programado la intervención de José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros. Uclés se puso estupendo y nos descubrió a todos que la guerra la habían perdido unos y ganado otros –algo que pudo haber argumentado en Letras en Sevilla sin mayores traumas– y que no podía respirar el mismo aire que Aznar y Espinosa de los Monteros, porque igual se volvía fascista.

Curiosamente en otras intervenciones –una en concreto se puede disfrutar el YouTube– el joven Uclés afirmaba precisamente eso, que la guerra la perdió el conjunto del país. En realidad daba igual. Uclés quería demostrar que ya era mayor y podía montar un pollo cuando quisiera y habría unos a favor y otros en contra. Ya no se reducía a un meritorio desconocido sobre un montículo de nieve: era una fuerza en el star system literario español capaz de ganarle un pulso a Arturo Pérez-Reverte. Recuerdo cuando se sabía que un gran narrador de la Guerra Civil era Max Aub, por ejemplo, y chicos como Uclés tenían su justo tamaño y nadie les hacía caso a sus tonterías. Qué tiempos.

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