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Opinión

Autocrítica... ¿cómo dice?

Con el manual del buen político en la mano, el perdedor de unas elecciones debería ser el primero, no en abandonar el barco, sino en explicar a los tripulantes y armadores por qué ha naufragado. Pero Pilar Alegría, la candidata socialista al Gobierno aragonés, no lo ha hecho. Tras perder decenas de miles de votos, unos cuantos diputados, la hegemonía en pueblos y ciudades, en distritos y cinturones, se ha limitado a explicar que ya habrá tiempo para explicaciones.

¿Por qué?

Quizá porque, aunque quiera, no puede darlas. Proceder al análisis de la derrota implicaría exponer los motivos que la han causado, sus puntos débiles.

Desde mi punto de vista, fundamentalmente dos.

El primero, la pesada herencia de un Pedro Sánchez arrodillado a los pies de los independentismos, capaz de aliarse con Rufián, de permitir que Junqueras le haga de portavoz en la financiación autonómica; o proclive, en un ejercicio de sadomasoquismo nunca visto en Moncloa, a arrodillarse ante Puigdemont, pedirle perdón por no haber atendido sus exigencias e implorar al prófugo, al sedicioso, sus cuatro votos mal contados para él mantenerse en el poder. Explicar, consecuentemente, en Aragón, que el PSOE pretende darle a Cataluña la independencia financiera mientras aquí se niega a reparar los trenes de cercanías era, simplemente, para Alegría, misión imposible. Tampoco ha sabido -segunda causa de su fiasco- exponer a los aragoneses un programa de gobierno convincente. No se la ha visto como una lideresa autonomista, aragonesista, capaz de imponerse a Madrid, sino como portavoz de una manera de entender el socialismo tan pragmática como el propio y resistente Pedro Sánchez.

Con todo y ello, Pilar Alegría me sigue pareciendo la mejor opción de que los socialistas aragoneses disponían para mantener, al menos, su suelo electoral. Con otro candidato/a con menor grado de conocimiento y peor imagen, el fracaso podría haberse agravado a debacle.

Alegría ha dicho que se queda en Aragón, en sus Cortes, como jefa de la oposición. Le honra. Vienen, como diría Vargas Llosa, «tiempos recios», apasionantes y difíciles para el país y sus Comunidades Autónomas, y la vida pública no anda sobrada de buenas cabezas (aunque demasiado a menudo, como también Jorge Azcón, pasen de la autocrítica).

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