Opinión
Vallar los problemas
Superar los cero grados es una temperatura adecuada para dormir en la calle contemplando las estrellas, aguantando la niebla, o resistiendo el cierzo. Según el ayuntamiento de nuestra ciudad, ya no hace frío. No voy a caer en la demagogia de decir que, desde un despacho caliente, los ceros grados, la niebla, el cierzo no se notan, pero si alguien insiste podría decirlo. Si dormir en la calle es de lo más horrible que puede sucederle a un ser humano, y que se agrava mucho más si ese ser humano es una mujer, encontrar dónde hacerlo se empieza a complicar bastante.
Me acerqué al Parque Bruil tras del desalojo de quienes habían acampado allí durante meses. Lo vi lleno de vallas que, prácticamente, han dejado inutilizable el espacio de encuentros y juegos. Sé que no es un tema que tenga fácil solución y que, dada la complejidad del asunto, la administración local se limita a ofrecer parches que ni son pan para hoy y sí hambre para mañana.
Anduve por el poco espacio que hay libre y percibí que las vallas nos aíslan también a nosotros ya que nos dejan encerrados en un espacio más grande, pero encerrados al fin, y que la solución requiere tiempo y reflexión fuera de toda ideología. Repito que soy consciente del problema de personas que terminan aquí, viendo pasar vidas ajenas ante ellos, mientras la suya se ha convertido en una especie de punto suspendido en el tiempo.
Sé que en sus países hay quien trafica con ellos, pero también tengo la sensación de que, al paso que vamos, cualquier día y aunque creamos tenerlo todo bien amarrado, nosotros podemos ser ellos.
Una vez, hablando con el papa Francisco, me dijo: «¿Sabes por qué nos da miedo mirar a los ojos a los pobres, a los drogadictos, a los sintecho? Porque son un espejo y, al mirarlos, pensamos en la posibilidad de terminar algún día como ellos». Y tenía razón. A nadie nos gusta pensar que esa posibilidad que anda suelta por nuestra vida, pudiera hacerse realidad.
Vallar los problemas, sobre todo cuando hay seres humanos implicados, no suele ser nunca la solución. Tratar desde las ideologías políticas -que tan metidas están ya en las creencias religiosas- las realidades humanas, crea más problemas que soluciones. La humanidad siempre se ha movido, siempre ha migrado. Olvidar el pasado no deja de ser algo insensato y hasta una falta de cultura general. Todos somos el resultado de mezclas de sangre y hasta de culturas (algunas veces olvidadas) que han contribuido al desarrollo de la humanidad.
La propia población europea fue en su momento migrante y, segura de hacer algo que, al tiempo de proporcionarle más y mejores posibilidades de una vida digna, contribuía a ese desarrollo y prosperidad que todos alababan en su momento y que tanto cuestionamos ahora. Por lo tanto, es preciso tener en cuenta la historia y enseñarla objetivamente, para interpretar y adoptar soluciones ante una situación que es dramática para muchos seres humanos.
En los meses de abril y mayo de 2024, el Pacto Europeo sobre Migración y Asilo que fue adoptado formalmente por el Parlamento Europeo y el Consejo de la UE, respectivamente. Ahora hace falta ver si sirve, o no sirve. Desde luego, no parece que naciera en el contexto más adecuado, ni que haya intención de mejorarlo, ni que su objetivo sea otro que el de crear otra «valla», aunque no física en este caso.
No siempre podemos controlarlo todo y aceptamos que en la vida la búsqueda de respuestas a preguntas inimaginables, tenemos la posibilidad de descubrir que las crisis revelan la verdad más velada sobre nosotros mismos y la realidad, que nos ayudan a vernos como somos, y aprender de nuestras fragilidades.
Entenderemos que cualquier crisis acusa al mundo -dentro y fuera de nosotros- de estar enfermo de ver, pero no mirar; de pensar un minuto y pasar a tomar un café; en definitiva, de conformarnos con vivir nosotros y, el resto del mundo que se busque la vida. Mediocridad e individualismo. Falsa seguridad.
Uno de los textos más arcaicos del Antiguo Testamento, en el Libro del Deuteronomio dice: «Mi padre era un arameo errante». Y errantes somos, hemos sido, y seremos.
A los títulos de Muy Noble, Muy Leal, Muy Heroica, Siempre Heroica, Muy Benéfica e Inmortal, que ostenta nuestra ciudad de Zaragoza, estaría bien poder añadir en un futuro no muy lejano los de «Muy Acogedora» y «Muy Humanitaria». Creo que serían bien acogidos por todas las personas de buen corazón.
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