Opinión
Renunciar a ser persona libre
Me pongo a escribir este artículo después de escuchar a un grupo de jóvenes hablar sobre las bondades del franquismo. No es mi intención afirmar que no saben de lo que están hablando porque no vivieron aquella época; esa podría ser la excusa. Yo tampoco viví el periodo del fascismo y el nazismo de Mussolini y Hitler y, sin embargo, sé que fue uno de los peores momentos de la historia de la humanidad y que nadie debería desear que se repitiese. Aunque, me temo, que los indicios que hoy recorren el mundo invitan a pensar lo contrario. Pese a ello, y como peco de un irredento optimismo, confío en que seamos capaces de dar una respuesta convincente frente a estos movimientos perversos e irracionales.
Volvamos, no obstante, a la conversación de los jóvenes a favor de repetir la historia. Manifestaba que ellos, por fortuna, no vivieron el franquismo; sin embargo, para formarse un criterio mínimamente fundado en sus argumentos, podrían haber leído qué significó ese periodo para la inmensa mayoría de los españoles. Sirva como ejemplo que este mismo artículo no podría haberse publicado en ningún medio de comunicación de la época, ya que la censura impedía cualquier atisbo de crítica al régimen franquista en los espacios públicos de expresión. Estaba prohibido y, en el mejor de los casos, el autor podía ser multado. Y hablo de cualquier medio: libros, teatro, cine o cualquier otra manifestación cultural.
Si hablamos de representación popular, esta simplemente no existía. Los ayuntamientos y sus miembros eran designados por el gobierno, al igual que ocurría con las diputaciones provinciales, los gobernadores civiles y los procuradores en Cortes. En definitiva, la voluntad popular era inexistente: era el propio régimen franquista quien elegía y nombraba a todos los representantes del Estado. Y a todos significa a todos, pues lo mismo sucedía con el poder judicial, para el que incluso se creó el Tribunal de Orden Público, encargado de reprimir las conductas consideradas delitos políticos.
En cuanto a la situación de las mujeres en la sociedad franquista, esta fue denigrante de principio a fin. Vivían legal y socialmente subordinadas al hombre y carecían de capacidad real para decidir sobre su propia vida. El Código Penal castigaba el adulterio con una discriminación tan evidente que casi resulta pedagógica: al hombre le bastaba alegar que desconocía el estado civil de la mujer para quedar exento de pena; la mujer, en cambio, iba directamente a prisión. La justicia, al parecer, entendía de distracciones masculinas, pero no de errores femeninos.
Pero el agravio –por llamarlo con una suavidad excesiva– iba todavía más lejos. Hasta 1963, ya bien entrado el siglo XX, el marido podía sorprender a su esposa en una relación extramatrimonial y, si la «ofensa» hería su honor hasta el extremo de propinarle una paliza mortal, la ley contemplaba una eximente o una pena irrisoria. Bastaba invocar la defensa del honor mancillado. No había crimen: había arrebato. No había homicidio: había hombría. El resultado real, por supuesto, eran hijos huérfanos y una sociedad que miraba hacia otro lado. No es casual que la cultura popular lo resumiera con brutal ligereza en aquello de «la maté porque era mía».
A esta arquitectura jurídica se sumaba la cotidiana tutela legal: las mujeres no podían abrir cuentas bancarias, administrar bienes ni obtener pasaporte sin el permiso del padre o del marido. Eran mayores de edad en el calendario, pero menores permanentes ante la ley. En definitiva, el sistema no las concebía como ciudadanas plenas, sino como dependencias civiles del varón, útiles, obedientes y, sobre todo, bajo control.
Podría seguir relatando lo que supuso el franquismo para la mayoría de los españoles. Todo ello podría resumirse en miseria, ausencia de libertades, corrupción no perseguida por la ley y una profunda incultura. Pero dejémoslo aquí, lo cual no implica olvido, ni odio ni afán de represalia, sino aprendizaje para evitar que algo así vuelva a suceder.
También es necesario comprender cómo la España de 1975, tras la muerte de Franco, era mayoritariamente franquista y cómo, casi de forma milagrosa, en muy poco tiempo se transformó en una ciudadanía plenamente democrática. Aun así, hoy siguen existiendo grupos políticos y sociales que se niegan a juzgar críticamente esos cuarenta años de dictadura.
La cuestión es cómo hemos sido capaces de alcanzar hoy un país democrático, pleno de libertades, con un nivel de bienestar social comparable al de los países más avanzados del mundo, integrados en el ámbito del desarrollo, y, sin embargo, no hemos sido capaces de transmitir a las nuevas generaciones que todo esto debe ser defendido. Que, de regresar a un periodo sin democracia y con una dictadura, hoy demandada por la extrema derechanos encontraríamos en una sociedad donde solo unos pocos tendrían garantizadas todas las posibilidades de vivir bien, mientras el resto quedaríamos subordinados a ellos.
La justicia social y los derechos universales, ¿quién los defiende? Se priorizan los intereses individuales por encima del bien común y, como consecuencia, el consumismo se convierte en el alimento del pensamiento. De este modo quedamos en manos de la oligarquía económica, para la que no somos más que peones necesarios para aumentar su poder. Es imprescindible romper con esta dinámica y defender una evolución social en la que la igualdad sea el principio rector. La supremacía blanca debe ser derrotada en favor de la unidad de la especie.
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