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Opinión

Sarampión: retroceso evitable

El repunte del sarampión en algunas comunidades como Cataluña no es una anécdota estadística ni una alarma pasajera. Es la señal de que algo se ha resquebrajado en uno de los consensos sanitarios más sólidos de las últimas décadas en España: la vacunación. El aumento de los casos diagnosticados el año pasado refleja cifras modestas si se comparan con otros países europeos, pero el salto porcentual es inquietante y ha coincidido con la retirada al país del estatus de país libre de sarampión. El sarampión no es una enfermedad leve. Es un virus extremadamente contagioso: una sola persona puede infectar hasta a 18 si no están inmunizadas. Además, puede causar complicaciones graves e incluso la muerte. No existe tratamiento específico. La mejor herramienta sigue siendo la prevención.

Actualmente se mantienen coberturas altas en la primera dosis de la triple vírica, pero la segunda ha descendido por debajo del umbral óptimo. Y en el caso del sarampión ese umbral es exigente: solo con tasas superiores al 95% en ambas dosis se alcanza la inmunidad de grupo capaz de frenar su circulación. Cada punto que se pierde abre una rendija por la que el contagio se expande. Un riesgo que se ve agravado por el incremento global de la enfermedad. Desde 2024, todas las regiones de la OMS han notificado un aumento en el número de casos. El virus no entiende de fronteras y circula con facilidad en un mundo de alta movilidad (de todo tipo, desde migración a turismo o deslocalización laboral). 

Las autoridades sanitarias señalan que parte del repunte se concentra en adolescentes y en colectivos que, pese a disponer de recursos y formación, rechazan la vacunación por convicciones ideológicas o por afinidad con terapias alternativas. También persisten bolsas de menor cobertura en determinados territorios, lo que obliga a poner atención en que no haya grupos que queden al margen de la atención de salud básica. Tras la pandemia de covid, se interrumpieron campañas y revisiones pediátricas. Ese parón solo explica una parte del descenso en las tasas de inmunización. La razón más preocupante es la expansión de discursos antivacunas que han erosionado la confianza pública. Como en tantos ámbitos, la desinformación tiene consecuencias reales y medibles. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha advertido de que los malentendidos y la confusión en torno a las vacunas «están alimentando brotes y costando vidas en muchos países» y ha recordado una evidencia que no admite relativismos: «Las vacunas funcionan, son seguras y salvan vidas».

En algunas comunidades se ha intensificado la vigilancia y la captación activa de personas no inmunizadas. Es un paso necesario, pero insuficiente si no se refuerza el compromiso colectivo. La vacunación no es obligatoria. Pero no es solo una decisión individual, es un acto de responsabilidad social. Protege a quien recibe la dosis y a quienes, por edad o por condiciones médicas, no pueden vacunarse. El retorno del sarampión es una advertencia sobre la fragilidad de los logros en salud pública. En tiempos de ruido y confusión, conviene recordar que la evidencia es clara: inmunizar es cuidar. Cuidarse uno mismo y cuidar a los demás, especialmente a quienes no pueden protegerse por sí solos.

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