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Opinión | erre que erre

Zaragoza

La izquierda española sigue con problemas

Jorge Pueyo, en la sede de CHA tras lograr su mejor resultado en los últimos veinte años.

Jorge Pueyo, en la sede de CHA tras lograr su mejor resultado en los últimos veinte años. / Josema Molina

Las elecciones aragonesas vuelven a dejar una foto conocida para la izquierda española: votos hay, espacio político también, pero la gestión de ese capital sigue siendo errática. Mientras en Aragón la fuerza pegada al terreno consolida su posición, el proyecto de la izquierda estatal continúa atrapado en sus viejos dilemas.

La Chunta Aragonesista ha obtenido unos muy buenos resultados confirmando su capacidad para canalizar un voto propio y diferenciado. No es un fenómeno aislado. Ocurre en Galicia con el BNG, en Valencia con Compromís o en otros lugares. Son formaciones con identidad territorial, discurso reconocible y una trayectoria coherente. Partidos que hablan el idioma político de su gente, que pisan calle y que no viven pendientes del último cruce de declaraciones en Madrid.

En Aragón, esta singularidad es más relevante. En la comunidad, las formaciones de ámbito propio mantienen una influencia muy superior a la que tienen en otros autonomías. El crecimiento de CHA refuerza esa realidad: aquí el voto no se ordena solo en torno a los grandes bloques nacionales, sino también en torno a claves propias, a la defensa del territorio, de los servicios públicos y de una agenda aragonesista que no compite con la idea de España, sino que la complementa desde lo cercano.

El contraste con Podemos es elocuente. En 11 años ha pasado en Aragón de 14 diputados a no tener representación. Algo ha cambiado, y no precisamente en el electorado progresista. El modelo nacido al calor del 15M ya no es el mismo. Aquella herramienta que interpelaba a la clase media golpeada por la crisis se ha transformado en otra cosa, más centrada en sus debates internos que en ofrecer soluciones reconocibles. Pero no lo asumen.

En Sumar, las siglas se superponen, los liderazgos se difuminan y el proyecto transmite provisionalidad. No es una cuestión de grandes diferencias ideológicas porque todos comparten diagnóstico y objetivos. El desgaste proviene de los personalismos, de las desconfianzas cruzadas y de la incapacidad para ofrecer estabilidad. Y eso marea al votante.

Partidos como CHA proyectan fiabilidad. Hay electores que no votarían al PSOE pero sí respaldan a una fuerza como la Chunta porque saben que, llegado el momento de unas generales, contribuirán a facilitar un gobierno progresista. Ese voto existe, es consciente y es estratégico. Por eso el problema no está en la izquierda territorial sino en la izquierda española.

Las elecciones de Aragón dejan una lección clara: cuando la izquierda se enraíza en el territorio y ofrece coherencia y continuidad, el electorado responde. Cuando se pierde en disputas internas y en proyectos poco definidos, se diluye. Base social hay. La cuestión es quién sabe interpretarla y quién prefiere seguir mirándose en el espejo.

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