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Opinión

Ricardo Barceló

Ricardo Barceló

Director de "El Periódico de Aragón"

¿Hay alternativa al pacto con Vox en Aragón?

Un acuerdo con la ultraderecha o una repetición electoral podría crear desconfianza respecto a una comunidad, cuyos mejores activos son la estabilidad, el diálogo y su elevada reputación

Nolasco y Azcón, en una imagen de archivo, reunidos en el despacho del presidente.

Nolasco y Azcón, en una imagen de archivo, reunidos en el despacho del presidente. / JAIME GALINDO

Las elecciones autonómicas del 8F obligarán a Aragón a hacer un reseteo cuyas consecuencias son todavía impredecibles. Quedan por delante semanas de negociaciones a fuego lento y giros de guión inesperados que se producirán como consecuencia de unos resultados en las urnas que pueden desarmar lo que tanto tiempo ha costado levantar: consensos y pactos sensatos en los que nadie gane pero todos ganen. Y eso es, precisamente, lo que está en juego, construir sobre lo ya construido o dinamitar, a golpe de ideología, las políticas que han llevado a la comunidad hasta aquí. La gestión de los público no es algo menor y frivolizar con este asunto puede pasar una factura muy alta, no solo al partido que lidere el Ejecutivo autonómico sino también al conjunto de los ciudadanos. Sin embargo, todo parece predestinado a que el PP y Vox cierren un acuerdo forzado e incómodo para gobernar Aragón. Sería un mal menor (o mayor) al que todo el mundo parece resignado, desde los representantes políticos hasta las instituciones y el conjunto de la sociedad. Ni siquiera hay que descartar una repetición electoral que todavía encumbraría más a la ultraderecha. La pregunta es: ¿hay alternativa?

Imaginar un horizonte que parece venir impuesto desde los cuarteles generales del PP, PSOE y Vox, en Génova, Ferraz y Bambú, respectivamente, sin que la comunidad tenga voz, voto y bastón de mando no es el mejor comienzo para encarar cuatro años que llevarán a Aragón hasta 2030. La autonomía empieza por la capacidad de decisión desde el propio territorio y la búsqueda del bienestar de los gobernados, en este caso los aragoneses. ¿Qué gana Aragón con el enfrentamiento continuo y constante entre Pedro Sánchez y Núñez Feijóo que ha llevado a Santiago Abascal a conquistar una porción tan importante de poder en la comunidad? Nada. Más bien lo contrario. Pura miopía. La polarización política es la mayor enfermedad que puede aquejar a Aragón en tiempos tan convulsos, y eso ha quedado demostrado en unos comicios que se han disfrazado de autonómicos pero que han convertido en un plebiscito en clave nacional. En los últimos años ha quedado patente que gozar de estabilidad, diálogo y que desde el exterior se nos vea como una tierra fiable tiene un valor incalculable. Lo contrario, sin embargo, genera desconfianza, incertidumbre y una pérdida de reputación incalculable.

Llegados a este punto, sería conveniente no cerrarse a nada, explorar todas las opciones posibles y ser generosos hasta el infinito para tratar de evitar una muerte anunciada, la del pacto entre el PP y Vox en Aragón. Hay precedentes de esa experiencia, que tan solo tuvo un año de vida, con el agravante actual de que 2027 será un año electoral, con comicios municipales y generales, o lo que es lo mismo, un campo de minas difícil de sortear.

Sería conveniente no cerrarse a nada, explorar todas las opciones posibles y ser generosos hasta el infinito para tratar de evitar un pacto con la ultraderecha

Como dijo Pablo Neruda, se podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. La frase encarna como pocas la necesidad de creer en algo cuando todo parece torcerse. Aunque parezca una quimera, y seguramente lo sea, la lógica obliga a que el PP y el PSOE exploren la posibilidad de sellar una tregua para poner un cordón sanitario a la ultraderecha si Aragón y el conjunto de España no quieren perder derechos, sentido común y capacidad de gestión de los recursos públicos. Hoy, a pesar del retroceso experimentado por ambos partidos en las autonómicas del 8F, estas formaciones aglutinan más del 60% de los votos en la comunidad y están pilotados por dos líderes reconocidos como Jorge Azcón y Pilar Alegría, que conocen y reconocen Aragón. Eso sí, esta utopía requeriría del diseño de unas políticas troncales que pongan el foco en la vivienda, la gestión de la inmigración, el fortalecimiento de la economía, la educación y la sanidad, entre otras. Este punto de partida, además, no debería excluir a nadie a la hora de aportar.

Las elecciones del 8F fueron convocadas por la imposibilidad de sellar acuerdos para cerrar unos presupuestos. Quizá no se exploró lo suficiente para llegar a buen puerto, quizá el resultado de las negociaciones estaba escrito de antemano, quizá hubo un exceso de confianza pensando en que nada sería como finalmente ha sido. De lo que no hay duda es que la decisión implica una penitencia que conduce a negociar con Vox, un partido que cabalga a lomos del descontento. Eso o seguir soñando y buscar imposibles. Como dijo Einstein, la diferencia entre el pasado, el presente y el futuro es solo la ilusión persistente.

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