Opinión
Crece la oposición al trato de favor a Ucrania en la UE
El trato de favor que la Comisión y algunos gobiernos europeos quieren dar a Ucrania para su ingreso acelerado en la UE no goza de unanimidad dentro del bloque.
El propio presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, exige que, junto a las garantías de seguridad frente a Rusia que reclama a Occidente, se fije una fecha para ese ingreso, que él quiere sea el comienzo del próximo año.
Sin embargo, hasta el canciller federal alemán, Friedrich Merz, cuyo gobierno es uno de los que más apoya militar y económicamente a Kiev y el que puede tener el mayor interés económico en la adhesión, lo considera prematuro.
Pero no es sólo el cristianodemócrata alemán quien ha echado un jarro de agua fría a las aspiraciones de Zelenski, sino que también otros gobiernos muestran su oposición a tal trato preferente para Ucrania y por tanto discriminatorio para otros candidatos.
Está en primer lugar Hungría, cuyo jefe de Gobierno, Viktor Orbán, ha calificado públicamente a Ucrania de «país enemigo» por presionar a Bruselas para que corte las importaciones de energía barata rusa que Budapest dice necesitar para su industria y sus hogares.
Y el presidente polaco, Karol Nawrocki, un político conservador con fama de populista, afirma, por su parte, que no ratificará la adhesión de Ucrania a la UE mientras no se ofrezcan garantías a sus agricultores frente a la competencia ucraniana en ese sector.
Otra condición que ha puesto Nawrocki es que el Gobierno de Kiev se disculpe por las horribles masacres de polacos llevadas a cabo por los ultranacionalistas ucranianos, aliados de la Alemania nazi, durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero tampoco satisface a Italia ni a Austria el atajo que se pretende dar a Ucrania: ambos gobiernos consideran que tienen prioridad otros países, como los de los Balcanes, que llevan ya tiempo esperando a las puertas de la UE.
A ninguno de los gobiernos citados, y tal vez tampoco a otros que se mantienen de momento callados, convence el procedimiento propuesto por Bruselas para acelerar el ingreso de Ucrania y que se conoce en la jerga comunitaria como «adhesión inversa».
Si hubiese sido sólo Hungría, la “oveja negra” del club europeo, Bruselas habría podido suspender su derecho de voto como está previsto para casos realmente excepcionales, por ejemplo, si decide que un país miembro viola de forma grave y persistente sus «valores fundamentales», pero esa justificación perderá sentido si son varios los países los que se opongan.
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