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Opinión

Eloy de la Iglesia

El director de cine Gaizka Urresti concurre a la próxima edición de los Premios Goya con Eloy de la Iglesia, adicto al cine, su último largometraje documental, nominado en esa categoría. Clasificación para una final más que merecida, pues la película tiene tanta calidad como interés.

Cuenta, o reconstruye, más bien, parte de la historia de Eloy de la Iglesia, uno de los directores de cine españoles más olvidados, pero sustanciales en una determinada época de nuestra evolución social, política y estética: la coincidente con los estertores del franquismo y el nacimiento de la democracia, primera década de la llamada Transición.

Entre 1969 (con ecos de Mayo del 68) y el triunfo de Felipe González, Eloy de la Iglesia firmó una serie de cintas que no se parecían a ninguna de las que se hubiesen producido hasta entonces en España, ni a las que se filmarían después: El Diputado, El pico, Navajeros, La estanquera de Vallecas y un largo etcétera pusieron sobre la mesa temas candentes de la época, tratados en su más pura crudeza. Con un realismo extremo que reflejaba la violencia, la cárcel, el sexo prohibido o las drogas como nadie se había atrevido a hacerlo, y que fascinaba o escandalizaba a partes iguales.

Un elenco de primeros actores, Sacristán, Ana Belén, Poncela, Guillén Cuervo, Maribel Verdú o María Luisa San José, entre otros muchos, se atrevieron a encarnar aquellos polémicos roles, contribuyendo a popularizar las osadas propuestas de un autor sin censuras morales ni concesiones burguesas, visionario e incómodo, al que directores o críticos compararon con Fasbinder o con Pasolini, y cuyo objetivo no era otro que sumergirse en la naturaleza humana hasta sus más sórdidos rincones o putrefactos légamos, a fin de entender cualquier comportamiento y deducir alguna verdad. Para lograrlo no sólo escribía y filmaba; él mismo descendió a los infiernos del sexo y la droga, pero manteniendo, en su deterioro y degradación, una serenidad, una oratoria, una capacidad de análisis y síntesis como nadie.

La película de Urresti lo devuelve tal cual fue, elegante, diabólico, divertido, siniestro... Un creador de muchas aristas cuyo afilado cuchillo o aguda lente de cámara desollaba a la sociedad, pero arrancándose también su propia piel.

Espectáculo, sufrimiento, perturbación: Eloy de la Iglesia.

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