Opinión
Febril febrero
El calendario romano del siglo VIII a.C. (origen del nuestro actual), empezó teniendo tan solo diez meses, siendo el primero marzo, que recibió su nombre del dios al que se dedicó (Marte), siendo el nombre de los cuatro últimos (desde el séptimo, septiembre, hasta diciembre, el décimo) el que les correspondía por su ordinalidad.
Sin embargo, apenas 50 años después de que Roma fuera fundada (753 a.C.) los romanos incorporaron ya a su vida cotidiana el calendario de 12 meses, el cual, de tan solo 355 días, adolecía de serios desfases estacionales, por lo que fue reformado, aunque de manera imperfecta, por los emperadores Julio César y César Augusto en el siglo I a.C., hasta su ajuste definitivo, en 1582, por iniciativa del papa Gregorio XIII.
En el primer calendario romano de 12 meses (establecido por el rey Numa Pompilio en torno al 700 a.C.), enero (januarius, dedicado al dios Jano) era el penúltimo y febrero (februarius) el último mes del año, dedicado a Neptuno, el dios del mar y las aguas, simbolizando la época de lluvias (febrero, cebadero, se solía decir hace años, significando que las lluvias de febrero aseguraban buenas cosechas), la purificación del territorio y la preparación para la fertilidad de la tierra.
El mes de febrero deriva su nombre de la palabra latina februa, con el significado de purificación, hermanada con febris, fiebre, que también entraña purificación, ya que el calor que origina en el organismo contribuye a eliminar las bacterias y virus, propiciando la sanación. Así lo narró en el siglo I d.C. el poeta romano Ovidio, en su magna obra sobre la historia, leyendas romanas, tradiciones latinas, usos de la vida civil del pueblo y ceremonias del culto relacionadas con los festivales que se celebraban en Roma durante los meses del año. Refiriéndose a la etimología de febrero, Ovidio señala que proviene de februa, definiendo este término como los instrumentos, rituales y fiestas de catarsis y purificación que se llevaban a cabo durante el último mes del año, es decir, durante el mes de febrero.
La más importantes de aquellas fiestas romanas de purificación (en las que se expiaban las faltas, se exorcizaban los males que el invierno había causado en los campos de cultivo y se daba la bienvenida a las luces y al calor del año nuevo) que se llevaban a cabo durante el mes de febrero, eran las Lupercales, en honor de Luperco –dios lobo– que era el nombre que los romanos dieron al dios griego Pan, al que se representaba cubierto de pieles de macho cabrío y con cuernos y pies de cabra y cuyas andanzas nocturnas por los campos inspiraban terror, de ahí la expresión «terror pánico», las cuales se celebraban el 15 de febrero.
Durante las Lupercales –fiesta en la que hunden sus raíces los carnavales y San Valentín, el día de los enamorados– los lupercios del dios Pan, desnudos, untados de aceite y con un cinturón ciñendo los riñones adornados de cencerros, corrían por la ciudad azotando a cuantos encontraban, con correas de piel de lobo (februas). Las mujeres tendían las manos para que les pegaran en ellas, en la esperanza de no quedar estériles o de evitar los dolores de parto.
Sin embargo, a partir del siglo IV, cuando el cristianismo pasó a ser la religión oficial de Roma, aquellas se consideraron unas fiestas paganas contrarias a la ley de Dios. Por ello, en el año 492, el papa Gelasio I ordenó su supresión, sustituyendo las Lupercales por la celebración de la Purificación de la Virgen (festividad también conocida como el día de la presentación de Jesús en el templo y más comúnmente como el día la Candelaria, en la que se bendicen velas, simbolizando a Jesús como Salvador y luz del mundo), que se celebra el día 2 de febrero, justo 40 días después de la Navidad, pues de acuerdo a la costumbre judía, toda mujer que hubiera dado a luz un varón debía presentarse ante el templo para su purificación acabada la cuarentena.
Así mismo, la festividad de San Blas (obispo, médico y mártir, abogado contra las enfermedades de garganta), también enlaza con las fiestas romanas de purificación y antiguamente, en el día de su celebración (3 de febrero), en las iglesias se procedía a la bendición de velas que el sacerdote acercaba en forma de cruz a la garganta de los fieles para purificarla y protegerla de catarros, mal de anginas, gripes y neumonía, enfermedades características del invierno.
Igualmente, la tradicional bendición de rosquillas y panes que se celebra en el día de San Blas, está relacionada con las Fornacalia, fiestas romanas que se celebraban en el mes de febrero en honor de la diosa Fornace, diosa de los hornos (a los que da su nombre), encargada de garantizar el correcto tostado del grano, fundamental para la fabricación de pan, base de la alimentación humana desde la aparición de la agricultura.
Y el febrilmente festivo febrero tiene también en la celebración de Santa Águeda (día 5 del mes), patrona de las mujeres y abogada contra las enfermedades de mama (sometida al martirio le fueron cercenados sus pechos) un entronque con los ritos de purificación y fertilidad propias de las Matronalia, fiestas romanas en honor de Februalia, sobrenombre de la diosa Juno como purificadora, que era la diosa de las matronas, de las parturientas y de los recién nacidos.
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