Opinión
El susto que no debe quedar en humo
Zaragoza se despertó este pasado fin de semana con el corazón en un puño y la mirada puesta en el Picarral. No era el cierzo habitual lo que agitaba los ánimos, era una columna de humo negro, denso y con ese inconfundible aroma a papel quemado que ya forma parte del ADN de la ciudad, pero que esta vez asustaba más de la cuenta. El incendio en la planta de Saica ha sido el recordatorio brutal de una realidad que preferimos ignorar hasta que las llamas lamen el cielo.
Vaya por delante el respeto institucional y económico: Saica es uno de nuestros buques insignia. Es empleo directo, es el motor de la economía circular antes de que el término fuera puro postureo de marketing y es una potencia mundial con sello aragonés de la que presumimos en cada foro logístico. Nadie en su sano juicio quiere que se desmantele una empresa así de la noche a la mañana. Pero el susto del sábado vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que nuestros dirigentes llevan años esquivando con maestría torera: ¿Hasta cuándo puede convivir la gran industria pesada pegada, pared con pared, al salón de casa de miles de vecinos?
Los protocolos funcionaron, sí. Los bomberos, como siempre, estuvieron a la altura del desafío y el riesgo tóxico se descartó con relativa rapidez. Pero la sensación de inseguridad en el barrio no se apaga simplemente con mangueras y notas de prensa tranquilizadoras. La petición de formaciones como CHA de plantear un horizonte de traslado no es una ocurrencia de fin de semana ni un ataque a la propiedad privada; es una cuestión de puro sentido común urbano en pleno 2026. No podemos seguir mirando hacia otro lado mientras los mapas de riesgo se quedan amarillentos en los cajones de Urbanismo.
Zaragoza ya no es la de los años 70. La fisonomía de la ciudad ha mutado, se ha expandido y ha terminado por rodear las fábricas que antes quedaban a las afueras. Lo que hace cinco décadas era un descampado industrial, hoy es el centro neurálgico de la vida de miles de familias que tienen colegios y parques a tiro de piedra de chimeneas que, aunque cumplan la normativa, no dejan de ser una amenaza latente cuando algo sale mal. No se trata de echar a nadie a patadas, se trata de planificar. Se trata de sentarse con la empresa y trazar una hoja de ruta real, con plazos y ayudas, para que la industria del siglo XXI opere en polígonos del siglo XXI, lejos de las cunas y los dormitorios.
Además, hay que hablar de la comunicación de crisis. En una era donde el vídeo de un vecino en redes sociales llega antes que la alerta oficial, el silencio institucional de las primeras horas es veneno. La incertidumbre alimenta el bulo y el miedo. Si hay humo negro sobre el cielo de Zaragoza, la información debe ser quirúrgica y fulminante. No basta con decir que no hay peligro; hay que explicar por qué, qué se está quemando y qué medidas debe tomar el ciudadano de a pie para no colapsar las centralitas de emergencia.
Agradezcamos que esta vez no hubo que lamentar desgracias personales, pero no permitamos que el tema se enfríe como las cenizas del domingo. Si de verdad aspiramos a ser esa Zaragoza del futuro que se vende en los folletos de turismo, no podemos seguir gestionando los riesgos industriales con parches y mentalidad del siglo XX. O nos tomamos en serio la reordenación urbana y la salida progresiva de la industria pesada de los cascos consolidados, o seguiremos viviendo a un chispazo de la próxima emergencia que, quizás, no termine solo en un susto mediático.
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