Opinión
Celos
La mayoría de los crímenes de género tienen como tortuosa base los celos. Mal entendidos, por supuesto, como un ataque al honor, una traición, una agresión al buen nombre, prestigio o dignidad personales, actuando como fatales catalizadores de una violencia que, por trágica desgracia, viene acabando con una víctima tras otra, un mes tras otro mes.
Pero, ¿qué son los celos? ¿Una pasión, una tara? ¿Un arcaísmo, una lacra? Por mucho que se hayan condenado, criticado, por muy claro que esté que buenos no son, su frecuente brote en el seno de las más consolidadas parejas no solo acredita su resistencia psíquica, sino también su fácil, constante y emponzoñado retorno.
Esos celos oscuros, asesinos, que ya perturbaron al «moro» de Venecia, a Otelo, alterando su mente al extremo de ver en los más ingenuos gestos de su esposa, Desdémona, intrigas para ponerle los cuernos con jovencitos de la corte veneciana; a deducir fingimiento donde solo había amor puro; perversidad, donde habitaba el respeto; burla de él, en cuanto en el rostro de Desdémona brillaban sonrisas; y así hasta una serie de confusiones que llevaría a Otelo alzar el puñal contra su amada.
Esos celos asesinos, surgidos de la suposición, a menudo gratuita, de una doble vida, y basándose en la falsa creencia del criminal de ser dueño de la mujer con quien convive definen un tipo de depredador muy específico. Que seguramente no derramaría sangre en otra circunstancia, pero que acuchilla a su esposa o a su novia «porque era suya».
Lejos de esta clase de celos primarios, violentos, se situarían, por ejemplo, los sutiles sentimientos de Swann hacia Odette en el primer volumen de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Swann, aristócrata amigo del presidente de la República y del príncipe de Gales, se enamora de una cocotte cuyas relaciones con otros hombres acaban desquiciándole. Pero su reacción contra Odette no será de rabia ni de violencia. Sufrirá, sí, pero en ningún momento la odiará, acabando sus padecimientos con una burlona y consoladora reflexión: «Bueno, ¿qué más da? A lo mejor no era mi tipo».
Entre Otelo y Swann, quedémonos con este último. Entre los celos asesinos y los celos civilizados, mejor con ninguno.
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