Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Las Encerradas

En el municipio de Épila les llaman «Las Encerradas». Cuando oí por primera vez este apelativo me quedé sorprendido. Sor Esperanza, la abadesa del Monasterio de la Inmaculada Concepción, me dice que a ellas no les importa que les llamen con este nombre. Me comenta con mucha gracia que se encierran con cerrojos que solo están por dentro del convento, porque lo hacen libremente, mientras que las personas que están en las cárceles, los cerrojos los tienen por fuera para privarles de libertad. Con una sonrisa abierta y sincera me dice que ellas ejercen su libertad con un encierro voluntario que tiene su razón de ser en la clausura, es decir, en una vocación que entraña una opción de silencio que facilita la oración, el orden, la paz y la unidad de la persona para el encuentro con Dios. Viven una clausura contemplativa, orando y trabajando, por amor a Cristo.

He querido, a modo de homenaje, escribir este artículo porque ya es sabido que se marchan de Épila a otro convento, al de Borja. Las vocaciones han disminuido en estos cuarenta últimos años; ordinariamente siempre han estado entre 26 y 28 monjas, ahora solo quedan 4: sor Esperanza, sor Corazón de María, sor María Teresa y sor Gema. La más joven tiene 79 años; la mayor, 84. Este monasterio se fundó en 1621; son ya 405 años viviendo en este pueblo, siendo el pulmón de la oración y el corazón de la fraternidad. Oración y trabajo. Esa es la vida en el convento. A los ojos de quienes vivimos inmersos en el fragor de un mundo frenético, ajetreado por los avatares terrenales, con el furor que nos devora por realidades buenas, malas y regulares, es posible que cueste entender este sistema de vida. Siempre que hablo con ellas encuentro una esplendorosa alegría en sus rostros.

Las veces que he entrado en el convento por alguna razón, siempre tengo una sensación misteriosa. Nada más cruzar el umbral de la calle al vestíbulo de entrada ya se produce un cambio en mi ser. Allí, mientras espero, el silencio absoluto me atrapa. Es como cuando oímos música muy estridente, con un volumen exagerado de vatios, de pronto cesa el ruido y nuestro cerebro reacciona ante un silencio atronador. Entonces experimento emociones placenteras, una quietud me despoja de ese estrés crónico al que estamos esclavizados. El pulso del tiempo cambia. Aparece un sentido espiritual del que soy consciente, noto que algo en mi psique se ha activado.

Cuando llega la monja, te dice: «Ave María Purísima»; y tú, si quieres, contestas: «Sin pecado concebida». Y rápidamente, la conversación fluye. Es curioso cómo tienen el don de la palabra amable, con una musicalidad característica, preocupándose por todo lo que te atañe como persona. Hablan de lo divino desde lo humano, conocen la realidad terrena con ojos limpios, su naturalidad es palmaria, con el mismo entusiasmo te hablan de una receta de cocina, del injerto de un rosal o de la oración de maitines. Han heredado la cultura conventual de cientos de años, aderezada con ese humanismo amable de raíz cristiana.

La abadesa me cuenta que la evolución de la vida conventual no ha cambiado nada en relación con su carisma y su vitalidad espiritual. Eso no significa que vivan como hace cuatro siglos. Su Regla y Constituciones Generales fueron reformadas con el Concilio Vaticano II. Su vida transcurre asumiendo la realidad y los avances técnicos del mundo. Su preocupación por la evangelización es activa, ya sea atendiendo a las personas que se acercan al monasterio para pedirles ayuda material y espiritual, rezando por todos, atendiendo la pequeña escuela que tuvieron en Épila, ayudando a los niños más pobres, o bien trabajando en sus costuras, en sus bordados de oro y plata y en la restauración de casullas y mantos de la Virgen del Pilar.

Su fundadora, santa Beatriz de Silva (1424-1492) fue canonizada en 1976, por eso, este año celebran el 50 aniversario de este acontecimiento. En su iglesia conventual, que está al servicio de la parroquia de Épila, se puede destacar un rico patrimonio pictórico y arquitectónico que merece la pena visitar. El pueblo que las vio nacer, y que ha convivido con ellas durante cuatro siglos quedará huérfano de la espiritualidad concepcionista franciscana. Cuando veamos marcharse a estas cuatro monjas nuestros corazones sentirán lo que se canta en una famosa canción: «Algo se muere en el alma cuando un amigo se va».

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents