Opinión | salida de emergencia
ángela labordeta
Un secreto a voces
Es una lacra, porque como la violencia machista, el acoso sexual y laboral en el ámbito profesional se ejerce sobre las mujeres por el hecho de ser mujeres
Se trata de una expresión popular que tiene que ver con una realidad que aparentemente solo conocen aquellos que la protagonizan de forma voluntaria o involuntaria y que sin embargo es conocida por todo el entorno que guarda silencio y hace que se convierta en un secreto a voces. El último secreto a voces que acabamos de conocer es el protagonizado por el DAO de la Policía Nacional, José Ángel González, acusado de agresión sexual, motivo que ha causado su dimisión y que vuelve a poner sobre la mesa una realidad terrible y que tiene que ver con la forma en que se trata a las mujeres en los círculos laborales, donde un superior considera que tiene derecho a hacer lo que quiera y destrozar una vida sin importar las consecuencias, porque las consecuencias siempre han sido para ellas, que se han visto perseguidas, obligadas a emigrar y a guardar silencio en todos esos casos que no conocemos ni conoceremos y que para su entorno es una fatídico secreto a voces.
Me viene a la memoria el caso de Nevenka, un caso que marcó un antes y un después, o así lo creímos, porque fue la primera vez que una mujer logró sentar a un político, el entonces alcalde de Ponferrada, Ismael Álvarez, en el banquillo por acoso sexual y consiguió una condena que abrió un camino hasta entonces inexplorado. De eso han pasado 26 años y ese camino sigue lleno de ruido y de mujeres indefensas que son acosadas y que en unos casos son escuchadas y en otros son tachadas de mentirosas y aconsejadas por sus superiores con frases tan condescendientes como "vete a tu casa, no se vaya a enterar tu padre".
Es una lacra, porque como la violencia machista, el acoso sexual y laboral en el ámbito profesional se ejerce sobre las mujeres por el hecho de ser mujeres y buscando saciar un apetito sexual y de poder que es insaciable en algunos hombres y lo más triste de todo es que el caso Salazar, el del alcalde de Móstoles o el del DAO, por nombrar los tres últimos que hemos conocido, eran secretos a voces y ahora las denunciantes se enfrentan a una ardua batalla en la que verán cómo su verdad es utilizada por unos y por otros contra ellas de diversas maneras, ellas que son las víctimas de una sociedad que no ha sabido ni sabe condenar, porque la tibieza es el espejo con el que se tratan estos asuntos en los que tristemente la mayor parte de las veces la víctima acaba siendo condenada en una jauría de voces y titulares que tienen que ver con la oportunidad y no con el valor de una mujer que, acosada y agredida, se atreve a denunciar.
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