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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Abusos

El desdichado caso del ex director adjunto operativo (DAO) de la Policía Nacional, José Ángel González, me ha recordado al de Nevenka Fernández, el primero en el que una mujer española denunció a un cargo público -al entonces alcalde de Ponferrada, concretamente-, por acoso sexual.

En la denuncia e investigación de las circunstancias que mediaron entre estos dos últimos salieron a relucir comportamientos relacionados con el abuso de poder y el maltrato psicológico susceptibles de sensibilizar en gran medida a una opinión pública enfrentada a hechos que no eran nuevos, ni mucho menos, pero que, con nombres propios -y con el desencajado rostro de Nevenka en su rueda de prensa- pasaban a materializarse como una suerte de horrenda tragedia, con oscuros móviles agazapados en el más tenebroso rincón del subconsciente humano.

Sobre las similitudes de ambos casos, el del regidor leonés y el del jefe policial, planea una suerte de terrible manifestación del poder: la dependencia administrativa, jerárquica, institucional, de la víctima con respecto a su agresor. Con el cual, previamente a los ataques de distinta índole, psíquicos y físicos, había existido una relación de afecto, tal vez de amor, cortada por ellas con la decisión de ponerle punto final. Desenlace que, en el caso de González, no habría sido aceptado, persistiendo el cargo policial en sus intentos de reanudar la relación, hasta desembocar en una escena que el abogado defensor de la víctima, Jorge Piedrafita, ha descrito, a tenor del testimonio de su defendida, como «escalofriante».

Hecha pública la denuncia, y la renuncia del DAO, queda por saber, y por juzgar, el alcance y gravedad de las amenazas; las lesiones, si las hubo; los daños psicológicos, si fueron inflingidos; el mal uso de recursos o bienes públicos en pos de una satisfacción personal; la participación de terceros, cómplices necesarios o encubridores; más la calificación de la fiscalía, en el caso, como es de prever, que se llegue a juicio.

Por delante, por tanto, muchos interrogantes y demasiadas explicaciones pendientes en un sórdido marco del que pocas enseñanzas, salvo el modo de volver a evitar tales abusos, extraerá la gente honesta de este país. Que, por suerte, y a pesar de estas puntuales inmersiones en la maldad, sigue siendo mayoría.

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