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Opinión | FUERA DE CAMPO

CARLOS GURPEGUI

Provocar primero la esperanza

Acompañar para que los tránsitos sean de bonanza. Y en los tiempos de invierno, aprender a provocar primero la esperanza. Publicado este curso, La sociedad de la desconfianza (Arpa Editores) es el último ensayo de la filósofa Victoria Camps «sobre el presente herido por el individualismo, la precariedad y el desencanto». Un libro que parte de una preocupación moral: ¿qué pasa cuando dejamos de creer en lo común? Esta valiosa y necesaria pensadora de cabecera cumple años hoy, como yo, y qué mejor fecha para compartir sus preocupaciones y empeños por la dignidad, el respeto, la convivencia y sus libertades.

Mi admirada Victoria abre su volumen con varias citas. Dos de ellas nos dan qué pensar y reflexionar. Confucio recordaba que «la persona ejemplar es aquella que sigue intentándolo aunque sabe que es en vano». Y Condorcet decía: «Soy, en materia de moralidad, un gran enemigo de la indiferencia y un gran proponente de la indulgencia». Camps invita a reconstruir, a restaurar «un ethos compartido que nos permita sostenernos, confiar, cooperar, convivir. Un gesto filosófico y político para no ceder a la indiferencia, y recordar que la libertad -si quiere ser digna de su nombre- necesita de los otros».

Como sugería Alain Finkielkraut, el sujeto moderno «ha dejado de creer en casi todo salvo en su propia libertad que, por otro lado, no sabe cómo conducir». Porque la autora es consciente, en todo momento, de la concepción reduccionista y egoísta que atraviesa esta «libertad» en nuestras vidas, porque hemos pasado de la regla de oro confuciana «no hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran a ti», a, sin reflexión ni de los escenarios ni de las cosas, «estar inmersos en el consumismo y programados por la publicidad», redes, algoritmos e IA, identificando la facultad de ser libre «con la satisfacción inmediata de los deseos».

Cita al también colega filósofo Manuel Cruz al afirmar que en estos momentos asistimos al eclipse de la razón. El debate de ideas no existe, constata Camps, porque se ha sustituido «lo que nos convence por lo que nos conmueve». Y es que «triunfan los populismos, proliferan las identidades que les dicen a las personas lo que de verdad son porque así lo sienten. Triunfan el deseo y el sentimiento, sin atisbo para la reflexión». «El problema de la igualdad es que lo alcanzado con la constitución del estado de bienestar lleva tiempo estancado y más bien dando señales alarmantes de retroceso», añade Camps. «La desconfianza es hoy una forma de respirar. Un gesto aprendido, casi involuntario. Desconfiamos de los gobiernos, de los otros, de los discursos, de las promesas. Desconfiamos incluso de nuestras propias decisiones. Y, sin embargo, seguimos viviendo juntos, compartiendo el espacio público, pidiendo ayuda en silencio, buscando sentido».

Con su nuevo libro, Camps busca una gran máxima, establecer «una poderosa llamada a reconstruir la confianza en una sociedad fracturada». Nietzsche decía que «a veces, la gente no quiere escuchar la verdad porque no quiere que sus ilusiones se vean destruidas». Pero todos vivimos para el establecimiento de y para esa confianza. Como apuntaba Gustave Le Bon, «los pueblos viven sobre todo de esperanzas. Sus revoluciones tienen por objeto sustituir con esperanzas nuevas las antiguas que perdieron su fuerza». «Una llama temblorosa, la Esperanza», alertaba Charles Péguy. «Ella sola guiará a las virtudes y a los mundos, una llama romperá las eternas tinieblas».

De Pedro Laín Entralgo -con el que conviví en El Escorial y aprendí sobre el pensamiento de Xavier Zubiri y Alfonso Carlos Comín, en zigzag con Julio Anguita-, Victoria destaca su matiz sobre la espera, «esa radical tendencia a seguir viviendo», espera que «lleva siempre en su seno un tenue hálito de esperanza». Camps tiene sabiamente presente a Spinoza: «La esperanza es una alegría inconstante, que brota de la idea de una cosa futura o pretérita, de cuya efectividad dudamos de algún modo». A continuación, el pensador de Ámsterdam define el miedo como «una tristeza inconstante, que brota de la idea de una cosa futura o pretérita, de cuya efectividad dudamos de algún modo».

Por tanto, «no hay esperanza sin miedo ni miedo sin esperanza», y «de la esperanza nace la seguridad y del miedo la desesperación». Como anima Victoria, «vencer el miedo alimentando la esperanza es lo que debería seguirse de un control razonable de ambos afectos». María Zambrano decía que «la única esperanza buena es la que nada espera, la que no le pone plazos a la realidad» y el checo Václav Havel, que la esperanza es «estado de ánimo», orientación para el espíritu y el corazón. Y coincido con nuestra filósofa de hoy cuando cita a Chesterton, diciendo que «lo que está mal en el mundo es que no nos preguntemos lo que está bien».

«Nadie se baña en el río dos veces porque todo cambia en el río y en el que se baña», esculpió Heráclito de Éfeso. Victoria dedica el libro a otra bella persona, a su pareja Paco Rico, gran hispanista, sentido en el recuerdo. Es el estar bien acompañado en el río de la vida, aprendiendo a ser más libres y, con ello, más solidarios para la construcción de esa sociedad plena. Esa es otra de las victorias, el brindis por la felicidad y, también por el cumpleaños de nuestra querida catedrática emérita Camps.

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