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Opinión | El ángulo

Españoles, el centro ha muerto

Hace muchos años se habló del centro como si fuera una tierra firme, el lugar del acuerdo, de la política entendida como transacción racional entre proyectos distintos. Hoy, sin embargo, ese territorio parece erosionado hasta la desaparición, los bloques políticos han decidido clausurar los puentes.

La lógica dominante ya no es la de la intersección, sino la de la incompatibilidad. La izquierda se intenta rearmar, con razón, ante la subida de la extrema derecha, y la derecha busca la manera de relacionarse con su desgajado sector extremo a quién necesita para gobernar, una vez roto los puentes con los nacionalismos periféricos. A derecha e izquierda se consolidan bloques cerrados y mutuamente excluyentes, la exclusión de la derecha implica también todo aquello que no tenga un proyecto político centralista, obviando lo antiguos aliados nacionalistas. Estamos en una competición entre modelos concebidos como antagónicos, no como negociables. Elegir implica optar por un paquete completo programa, relato, alianzas y marco moral.

El centro, en su definición clásica, no es una posición aritmética en una escala ideológica, es una práctica. Implica aceptar la cesión parcial de principios para alcanzar acuerdos estables. Supone reconocer legitimidad en el adversario y asumir que gobernar es pactar. La penalización electoral del matiz es inmediata, quien cede, pierde y quien acuerda, se contamina y quien sale del sistema es aclamado por el elector.

Paradójicamente, la sociedad española sigue describiéndose a sí misma como moderada. Las medias de autoubicación ideológica, en torno al 4,9 o 5,2 según estudios, apuntan a una ciudadanía que no se percibe extrema. Pero el voto no se traduce en esa ambigüedad. El sistema electoral y la dinámica de bloques fuerzan decisiones binarias. No se elige una porción de cada proyecto, se elige un modelo frente a otro. La lógica es adversativa, o esto o aquello.

De todos modos, deberíamos repensar si el centro político alguna vez fue algo más que un momento excepcional. Quizá existió cuando la alternancia descansaba sobre consensos básicos compartidos, o quizá fue siempre un relato cómodo que ocultaba la hegemonía cultural de uno de los bloques.

Si el centro significaba intersección y negociación transversal, entonces el centro político ha muerto. No porque la sociedad se haya radicalizado en masa, sino porque las estructuras partidistas y mediáticas han convertido la competición democrática en una contienda sin zonas comunes. Y cuando desaparece el terreno común, lo que queda no es un debate más intenso sino un diálogo imposible.

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