Opinión
Indumentarias varias…
El dominio se manifiesta de muchos modos en multitud de ámbitos, pero qué cosas que «verdugos» acaba en -os y «víctimas» en -as.
Vergonzosos episodios que rodean a altos cargos uniformados que abusan de un poder otorgado por galones, y qué triste, que desde algunas voces se deslicen comentarios como… «ya, ya, a saber… por lo visto, ya habían tenido algo». Y mi respuesta es…¿Y?
Espero que esa mujer, que ha sido violada y humillada encuentre amparo en la justicia, porque será un mensaje de esperanza y también de autoestima, para todas aquellas que, paralizadas por el miedo (a perder el trabajo, a estar en boca de todos entre grupos de whatassap, a ser cuestionadas, e incluso chantajeadas…) no se han atrevido a enfrentarse a una jerarquía en la que la percepción de que quien mueve los hilos y despliega sus tentáculos en los altos círculos del poder, tiene licencia para cualquier cosa.
Oiga… pues que un uniforme viste mucho, causa respeto, incluso puede llegar a imponer, pero per sé no es un elemento que convierta de repente al sapo baboso en príncipe otorgándole virilidad, erotismo o atractivo, y ni muchísimo menos derecho de pernada. Y es que el hábito no hace el monje… Una vez más, y las que haga falta, las mujeres en el foco del abuso y del acoso, por el hecho de serlo.
Por eso, todavía ando algo estupefacta por algunos argumentos escuchados en los últimos días en torno a la polémica que se ha generado con el debate sobre el burka y el niqab. Curiosamente (al menos para mí), ante la norma propuesta por Vox, lo que menos ha importado a defensores y opositores a la misma, son las mujeres bajo esa cárcel de tela.
Creo que lo honesto hubiera sido manifestar que a cualquier propuesta que venga de la mano de Vox, ni agua. La propia ideología que defiende la ultraderecha, fascista, racista, xenófoba y machista, impregnada de una pátina de patriotismo, la deslegitima, pero lo incomprensible es asistir a la defensa del burka por parte de la izquierda, apoyando un símbolo de opresión de la mujer en defensa del multiculturalismo y del respeto a la identidad, apelando al respeto a la decisión «libre» de las mujeres musulmanas, a los valores constitucionales y a la libertad religiosa, a la tolerancia como valor moral, hablando de su prohibición como un ejercicio de racismo y estigmatización, de xenofobia y odio al diferente. ¿En qué momento me he perdido?
¿De verdad que respetar la cultura originaria tiene que transformarnos en cómplices necesarios de la invisibilidad y la sumisión/opresión femenina?
Reconozco que pasear por un barrio de Estámbul y ver a mujeres con burka me golpeó de una forma brutal. Mentiría si dijese que he visto a alguna en España, pero me basta tener grabada esa imagen en la retina, y la excusa de que aquí no es un problema como para legislar sobre ello, me repatea las tripas. No puede ser la estadística el argumento para defender derechos fundamentales. Como bien apuntó Rufián (tras las desacertadas palabras de su compañera en el debate del Congreso), el problema no es numérico, sino de principios democráticos.
Es bastante decepcionante asistir a esa manifestación de tolerancia de estas prendas que anulan completamente la identidad femenina por parte de una izquierda que siempre ha liderado su oposición contra la cosificación de la mujer, porque mientras nos perdemos en estos discursos, en las aulas y en las calles, estos símbolos de sumisión se normalizan , y no, ni el burka, ni el niqab, ni siquiera el hiyab (que minimizamos porque tapa «poquito»), es una elección para la mayoría de ellas, porque esa teórica «elección» está viciada si la alternativa es el ostracismo familiar o la condena social. No se puede condenar a las niñas de futuras generaciones a una segregación que nos negamos a combatir por el temor a que nos tachen de intolerantes.
Reconozco cómo la propuesta de Vox ha obligado a posicionarse a la izquierda en un asunto que ha mostrado muchas contradicciones. A partir de ahí, entiendo que, y lo digo para unos y otros, podríamos asimilar el mismo debate para los hábitos religiosos y la toca de las monjas, así como para los capirotes kukuxklaneros exhibidos en la Semana Santa, consciente de que eso es meterse en un jardín. Pero ¿por qué no remangarse y hacerlo? Las contradicciones para la literatura. En política, coherencia.
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