Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

El Senado

El Senado español, esa Cámara de privilegiados caballeros y damas, muchos de longeva edad, que acuden a sus bien retribuidas sesiones, y a sus mejor abonadas comisiones, con el periódico leído, para repetir sus titulares, ¿qué servicio presta? En los últimos años, décadas, no se ha ventilado allí, ni planteado, decidido, resuelto o ejecutado nada importante. Todo han sido y son, en ese club de jubilados de la política, en ese retiro dorado, idas y venidas con el gobierno de turno, dimes y diretes con la otra Cámara, el Congreso, la real, donde sí se acuerdan las pautas del país. Además, el Senado se ha convertido en una comisaría del PP. Pero, al ir los «detectives» tan mal informados, Koldo, Ábalos, Aldama o Cerdán salen, habiendo negado cualquier cargo, a hombros de allí. (Menos mal que para interrogatorios y juicios hay luego tribunales de verdad).

Quizá deberían aprender nuestros rancios y acomodados senadores de la importancia que esta misma institución, el Senado Romano, tuvo a lo largo de su larga existencia. Fue aquel foro, a las puertas del cual cayese apuñalado Julio César, la única institución realmente «política» de la Antigüedad, si exceptuamos a las asambleas plebiscitarias de las polis griegas.

En Las caídas de Roma (Gredos), la profesora de Historia de la Universidad de California, Michele Renee Salzmann, especialista en la época tardía del imperio romano, nos invita a una fascinante inmersión en la historia del Senado Romano. La historia de Roma es muy conocida entre los siglos primero antes y después de Cristo, por sus grandes Césares, pero más desconocida a medida que nos acercamos a la partición del imperio, con su doble corona, y al dominio ostrogodo. Siglos, el quinto y sexto, sobre todo, plagados de cambios de toda clase, casi con una única excepción: la permanencia de las grandes familias, o clanes romanos al frente de los puestos más relevantes de la administración, gracias a su pertenencia al Senado. Un foro de poder desde que se administraba el patrimonio, se aprobaban impuestos o se adjudicaban prefecturas.

Un soberbio ensayo, este de Michele Renee Salzmann, que nuestros senadores deberían tener de cabecera, a fin de buscar en la historia la identidad de que carecen.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents