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Opinión

Zaragoza

El hedor de la mugre elitista

El caso Epstein demuestra que existe una élite mundial de dinero y poder que vive y disfruta su privilegio sin más ley que su capricho, mientras se ríe abiertamente de la vida mediocre del resto, celebrando sus juergas privadas.

Stanley Kubrick hizo 'Eyes wide shut' y algunos han comparado alguna apariencia del llamado caso Epstein con el contenido de la película. En realidad el guión es una adaptación de una novela de Arthur Schnitzler, pero no cuesta comparar el carnaval de mascaritas que plantea Kubrick con las orgías de esta banda internacional; aunque una vez más, parece que la realidad trae aún más mierda que la que mostraba la peli. Se sugiere que en su versión de espía al servicio de Israel, el putero pedófilo Epstein, oportunamente suicidado, tenía filmada y grabada a media nomenclatura mundial violando a menores en orgías habituales.

Además del príncipe 'Andriu', que al parecer se apuntaba a todas, o la princesa nórdica del 'couché', van apareciendo cada día más nombres de la famosa lista. Cabe imaginar los movimientos para tratar de evitar que salgan los aún no publicados. Aunque también puede llegarse al punto de que, una vez más, todo acabe banalizándose y convirtiéndose en una comedia de enredo. Seguro que hay guionistas políticos trabajando en ello.

Hubo un antecedente parecido. Berlusconi «contrataba» a jóvenes «velinas» para sus fiestas 'bunga bunga', y aquello que comenzó como un escándalo no le quitó ni un voto. Incluso publicaron que había mamás que ofrecían a sus hijas, porque el caballero las obsequiaba luego con un pequeño utilitario y alguna propina.

Aquí, no obstante, se da una sombra aún más oscura. El ahora embajador británico intercambió información económica reservada de su gobierno con el putero Celestino. O sea, que la juerga traía además otro objetivo, tratar de tener controladas a personas poderosas con material sensible obtenido de las orgías programadas. Chantajes, o sea.

Hay, se sabe, una élite mundial de dinero y poder que vive y disfruta su privilegio sin más ley que su capricho, mientras se ríe abiertamente de la vida mediocre del resto, celebrando sus juergas privadas. Sucede que el deseo de todos los placeres que pueden comprar desaparece cuando ese deseo ya se ha logrado, y quien propone uno nuevo es celebrado y convertido en el «conseguidor». El tipo, y la tarada de su ayudante, Ghislaine Maxwell, multimillonaria educada en Oxford, conseguía niñas, adolescentes, y un lugar fuera del escrutinio de esa cosa que desprecian profundamente, la democracia y sus leyes. Allí acudían de todas partes del mundo, a echarse el polvo prohibido, y si algo salía mal se sacaba el talonario, o lo que hiciera falta.

Lo que no sabemos es por qué este pantano de mierda hedionda ha salido ahora precisamente. Ni quién controla qué y cuándo sale cada nombre, o los tiempos y los distintos actos del relato. Hay millones de páginas. Atentos.

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