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Opinión

Alberto Quílez Robres

Alberto Quílez Robres

Doctor en Educación por la Universidad de Zaragoza

Zaragoza

El Tour del Talento

Esta semana el Tour del Talento hace parada en Huesca. El nombre del evento invita a pensar en brillantez y desarrollo. Pero también debería invitarnos a algo más sencillo y, a la vez, más urgente: preguntarnos qué estamos haciendo realmente con el talento que ya tenemos cerca. ¿Lo hay en abundancia? ¿Lo cuidamos? Incluso, ¿lo identificamos correctamente? El talento no es una etiqueta reservada a unos pocos elegidos. Tampoco es algo que sea fácil de describir o definir. Desde el ámbito científico llevamos décadas recordándonos que la capacidad es diversa, dinámica y profundamente influida por el entorno. Sabemos hoy que la inteligencia no es una cifra fija ni un rasgo que se posee o no se posee; es un proceso que se desarrolla a lo largo de la vida y que necesita condiciones adecuadas para florecer. Sin embargo, seguimos actuando como si el talento apareciera solo, como si fuera inevitable e incluso sobrase.

Por otro lado, y aterrizando el primer concepto sobre otra realidad, la de las altas capacidades, éstas han sido durante mucho tiempo sinónimo de «superdotación» entendida como un cociente intelectual elevado. Esa visión, cómoda y simplificadora, ha demostrado ser insuficiente. Los modelos actuales coinciden en algo esencial: el talento surge de la interacción entre capacidades, motivación, creatividad, contexto y oportunidades. Es decir, entre lo que una persona puede llegar a ser y lo que su entorno le permite llegar a ser. Dicho de otro modo: entre el potencial y el talento siempre habrá un lugar privilegiado para experiencia vital y la educación.

Esta idea debería hacernos reflexionar. Si el talento no se desarrolla de forma espontánea, la pregunta ya no es si debemos atender las altas capacidades, sino si podemos permitirnos el lujo de no hacerlo. Ignorar el talento no lo hace desaparecer; simplemente lo desaprovecha. Y ese desperdicio no es solo individual, es social. España arrastra desde hace años una paradoja preocupante: sabemos que existe un porcentaje significativo de alumnado con alto potencial y, sin embargo, la mayoría no está identificado ni recibe una respuesta educativa específica. Esto no significa crear élites ni generar desigualdades, sino exactamente lo contrario: apostar por una educación verdaderamente personalizada que atienda a la diversidad real del alumnado. Atender a quienes más necesitan apoyo no es incompatible con atender a quienes pueden avanzar más rápido o ir más lejos. De hecho, la evidencia científica demuestra que cuando la educación se adapta a las diferencias individuales, mejora el rendimiento de todos. Es la lógica sencilla de la personalización: cuando el sistema se vuelve flexible, nadie pierde.

Por tanto, hablar de altas capacidades sigue generando incomodidades. A veces se asocia erróneamente con privilegios o elitismo. Sin embargo, cuidar el talento es una cuestión de responsabilidad colectiva. No se trata de crear una educación para unos pocos, sino de construir un sistema capaz de reconocer que cada estudiante aprende de manera distinta y necesita retos diferentes. La verdadera pregunta que nos debemos hacer no es si hay mucho o pocos alumnos con este perfil, sino cuanto talento estamos dejando sin cultivar.

El Tour del Talento llega a Huesca con mensajes de inspiración, emprendimiento y futuro. Ojalá sirva también para recordar que el talento no empieza en los grandes escenarios, sino en las aulas, en las familias y en las oportunidades cotidianas que ofrecemos a nuestros jóvenes.

Cuidar el talento debería ser una apuesta de país. Una apuesta prudente, realista y necesaria. Porque el talento no es solo lo que somos capaces de detectar, sino lo que somos capaces de acompañar.

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