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Opinión

Orbán no fue socio de gobierno

En la política europea reciente, los partidos que aspiran a redefinir el sistema no nacieron para ser socios menores. Su lógica es otra, no buscan gestionar un fragmento del poder, sino disputar la hegemonía. El caso de Víctor Orbán es paradigmático, antes de consolidar su dominio en Hungría, su proyecto político nunca se planteó como el de un acompañante en coaliciones ajenas.

Ese mismo patrón puede observarse hoy en España con Vox. Aunque en los últimos años ha apoyado gobiernos autonómicos, la estrategia de fondo del partido no parece orientada a convertirse en un socio minoritario estable del Partido Popular. Vox no nació para ocupar el papel que tradicionalmente han tenido los partidos bisagra o los aliados secundarios de la derecha. Su narrativa política se construye contra esa lógica.

Los partidos que forman parte de Patriots for Europe comparten esa cultura política, su fuerza electoral descansa en un discurso de impugnación contra Bruselas y, sobre todo, contra el bipartidismo que estructuró la política durante décadas. Cuando un partido vive de cuestionar el sistema, convertirse en su socio subordinado tiene un coste estratégico muy alto.

Ahí se mueven también las formaciones afines en Francia, donde el proyecto de Le Pen tampoco se concibe como una fuerza destinada a apuntalar gobiernos ajenos. La lógica es competir por la centralidad política, no gestionar cuotas de poder delegadas. La presencia de Vox en gobiernos autonómicos ha sido más instrumental que estratégica. Una fase de acumulación de visibilidad, influencia y estructura territorial, pero su apuesta de fondo apunta a otro momento político. El partido calcula que el verdadero salto se producirá en unas elecciones generales en las que pueda disputar directamente la primacía de la derecha.

Ese cálculo explica muchas de sus decisiones. Mantener un perfil propio, diferenciarse constantemente del Partido Popular y reforzar un discurso de confrontación con las élites políticas y europeas forma parte de una estrategia de largo plazo. Convertirse en un socio disciplinado dentro de coaliciones estables diluiría precisamente aquello que alimenta su crecimiento electoral, la idea de alternativa radical al sistema vigente.

Por eso, la cuestión no es si Vox puede gobernar con el Partido Popular en determinadas comunidades. Ya lo ha hecho y puede volver a hacerlo. La cuestión es si ese es su destino político. Y todo indica que no, que aspiran a ganar el futuro. Orbán lo entendió hace años, y quienes hoy comparten su espacio político en Europa parecen seguir el mismo manual. Resistir, crecer y esperar.

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