Opinión

Escritor
La muerte como destino turístico
Uno de mis vicios confesables es lo que actualmente se denomina como «necroturismo», un término acuñado para aludir a la afición por incorporar en los programas de los viajes la visita a cementerios (peculiar hobby que comparto con, entre otras personas, la escritora Mariana Enríquez, por cierto).
Si bien puede parecer una inclinación algo turbia, en realidad tiene todo el sentido, ya que –al margen del paisaje más o menos hermoso y pacífico de algunos camposantos– a menudo ese tipo de recintos permite asomarse al arte, la historia y la cultura de los lugares donde se asientan. Como buen ejemplo tendríamos el cementerio de Montjuic, en Barcelona, entre cuyos monumentos funerarios –los hay de todos los estilos: modernismo, neoclasicismo...– hay panteones y sepulturas de gran interés artístico. Un buen número de arquitectos y escultores de renombre tienen obra en este cementerio.
Por mi parte, algunos cementerios me han servido, además, de inspiración para algunas de mis novelas. Es el caso de Père Lachaise y también el de Montparnasse, en París, algunas de cuyas tumbas aparecen en mi trilogía La Puerta Oscura.
Otro de los atractivos que incluye la tendencia del necroturismo es la visita a tumbas de personajes ilustres. En algunos quioscos próximos a Père Lachaise, por ejemplo, puedes adquirir un plano del cementerio donde están localizadas numerosas sepulturas de gente conocida (Jim Morrison, Edith Piaff, Molière...). De hecho, yo me he pasado a «saludar» en varias ocasiones a mi admirado Óscar Wilde, una tradición que procuro mantener cada vez que vuelvo a París.
Está claro, por tanto, que, aunque la visita a cementerios forme parte del denominado dark tourism, turismo oscuro (un concepto más completo que incluye emplazamientos asociados en sentido amplio con la muerte, como aquellos en los que se produjeron tragedias y desastres), tiene un componente cultural que se distancia del meramente fúnebre o morboso (que también me atrae, he de confesar).
El turista busca explorar y lo macabro también añade atractivo para ciertos perfiles de viajero. Incluso lo que tiene que ver con el misterio y lo paranormal. Muchos cementerios arrastran su propias leyendas y supersticiones. Recuerdo la primera vez que visité el de La Recoleta en Buenos Aires y me encontré con la tumba de Rufina Cambaceres, una joven de diecinueve años hija de un famoso escritor. Se cuenta que, en 1902, en la víspera de su cumpleaños, sufrió un ataque de catalepsia, lo que provocó que su familia pensara que estaba muerta. La leyenda afirma que fue enterrada viva y despertó más tarde, muriendo por asfixia tras intentar escapar de su ataúd. Según se cree, el cuidador descubrió la prueba de semejante horror al encontrarse movido el féretro con unos arañazos que dicen que todavía pueden apreciarse en su interior. Impresionante es, no me lo negarán.
Mi interés por el turismo de cementerios se sustenta en todos esos motivos –el cultural, el histórico, el fúnebre y macabro, la inspiración casi romántica–, pero, además, debo incorporar otro que roza lo literario: la lectura de epitafios. Sí, me seduce recorrer esos textos breves e imaginar, más allá del lógico dolor que muchas reflejan, qué otras historias y recuerdos atesoran.
La voz que se manifiesta desde la lápida depende del aviso de la muerte. Cuando esta concede el sombrío privilegio de la antelación, la persona tiene margen para preparar un último mensaje a los que se quedan y es ella la que nos habla desde su tumba. Son los epitafios que más me interesan porque muestran qué tiene que decir alguien cuyo tiempo se acaba, alguien que no podrá hablar más y lo sabe. Por el contrario, en los supuestos de muertes repentinas, inesperadas, son los seres queridos de la persona ausente quienes deciden esas inscripciones, habitualmente con promesas de evitar el olvido y algún cumplido que suena a homenaje póstumo.
Los epitafios de agradecimiento resultan, sin embargo, mucho menos frecuentes. Por eso mismo, quiero terminar con uno que descubrí en un pueblo de Zaragoza hace varios años, en la tumba de una niña: «Gracias, Señor, porque el amor también oye el silencio».
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