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Opinión

Un mundo de convivencia limpia

Es necesario que hagamos una reflexión sobre el momento político que estamos viviendo y las consecuencias sociales que conlleva. Si observamos lo que sucede hoy en el mundo, especialmente en aquellos territorios que consideramos desarrollados –regidos en gran medida por un modelo democrático, una economía sólida y un estado de bienestar generalmente aceptable–, advertimos que esta situación se encuentra en riesgo.

En los últimos años han surgido movimientos de extrema derecha cuyo objetivo es erosionar o incluso desmantelar ese sistema. En realidad, no deja de ser una repetición histórica que remite al nacimiento del fascismo y el nazismo: contextos distintos, pero intereses similares. El propósito último no es otro que la acumulación de un poder sin controles ni rendición de cuentas, una aspiración alentada por los grupos económicos más poderosos, que desearían liberarse del entramado normativo que limita sus actuaciones.

Los ejemplos más evidentes pueden encontrarse en Estados Unidos y Rusia. Es cierto que la lista es más amplia, en efecto, lo es, pues de alguna forma son segunda división, pero resultan especialmente significativos. He dejado al margen de esta competición a China, que responde a una fórmula distinta: un sistema político de raíz comunista combinado con una economía capitalista de mercado. Su principal herramienta de influencia no es la confrontación directa, sino el comercio, mediante el cual logra una notable capacidad de control sobre los mercados internacionales.

En cuanto a Donald Trump y Vladimir Putin, representan algo diferente: son la cara visible de grandes intereses económicos que marcan la dirección que desean imponer. En estas dinámicas, los intereses personales y la defensa de quienes sostienen su poder prevalecen sobre cualquier otra consideración. De ahí surge una suerte de “virreinatos” políticos que se miran en el espejo de sus mayores, me refiero a algunos como: Viktor Orbán en Hungría, Javier Milei en Argentina o Nayib Bukele en El Salvador.

Lo más preocupante es que esta tendencia se extiende. Resulta difícil comprender cómo, utilizando la propia democracia como instrumento, podemos avanzar hacia modelos que ponen en cuestión las libertades que deberían protegerse. Da la impresión de que hemos perdido el norte que debería guiarnos en la construcción del presente y la definición de un futuro que garantice nuestros derechos y libertades

En este artículo y sobre esta materia, no deseo dejar al margen la situación política que vivimos en España, cuya deriva guarda relación con el panorama internacional descrito. No se trata de algo completamente nuevo. Si analizamos la evolución de la representación de la soberanía popular, veremos que los actores políticos se han transformado y multiplicado, en buena medida como consecuencia de decisiones adoptadas libremente por los ciudadanos. Hemos pasado de votar a quienes proponían modelos cercanos a nuestras aspiraciones a hacerlo, en ocasiones, como forma de castigo hacia otros, aunque ello suponga actuar contra nuestros propios intereses.

Votar a favor de las políticas de extrema derecha es apostar por volver a un país que da la espalda a la democracia; detengámonos un instante a pensar en ello. Y tanto es así que estos resultados electorales se convierten en un callejón sin salida.

Las dos últimas elecciones –Extremadura y Aragón– se han caracterizado, en lo referente a la formación de un ejecutivo, por un caos intencionado. El Partido Popular no puede gobernar sin el apoyo de Vox, y este le impone sus condiciones. Es evidente que los Populares no pueden aceptarlas, pues ello significaría su transformación en un partido que da la espalda a la Constitución y, por derivación, sus votantes se verían empujados a apoyar a Vox.

Pero estos no desean facilitar el gobierno al Partido Popular, sino provocar una repetición electoral, ya que apuestan por darle el sorpaso. Ante todo, no quieren que su programa quede alterado por participar en un gobierno territorial. Abascal necesita que su modelo permanezca intacto, sin margen para la crítica, pues su estrategia pasa por alcanzar el gobierno del Estado. Y esta es la situación

Sin embargo, también existe el riesgo de desgaste interno si sus estructuras territoriales permanecen alejadas del ejercicio de gobierno. En definitiva, para evitar este escenario de bloqueo y polarización sería deseable que el PSOE afinara mejor su respuesta a los problemas reales de la ciudadanía, que el Partido Popular consolidara una derecha moderada y moderna, y que ambas formaciones asumieran la necesidad de abordar una actualización de la Constitución que la adecúe a la España actual.

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