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Opinión | FIRMA INVITADA

El burka manipulado

Es verdad que el burka ayuda, pero no es el elemento imprescindible para hacer desaparecer a las mujeres y no ser escuchadas ni creídas

De vez en cuando se revuelven las aguas, ya de por sí revueltas, con algún tema que se trata superficialmente y del que, por supuesto, opina todo el mundo. Hace poco fue el burka, tema recurrente que aparece periódicamente en tiempos de campañas electorales, el protagonista de debates no muy clarificadores. Visibilidad sí, visibilidad no. Elemento cultural o elemento religioso, parece que nadie lo ve claro.

Toda esta falta de visibilidad se centra en las mujeres que llevan obligatoriamente o por propia decisión esa prenda que las hace desaparecer para cualquiera que las vea. Viendo el debate sobre esta ¿preocupación? por las mujeres, junto a ciertas cuestiones que veníamos sabiendo desde hace tiempo, y alguna más que se ha puesto encima de la mesa, sobre abusos y agresiones sexuales a mujeres en instancias donde nadie diría que pasaban, me ha hecho pensar que para qué hablar del burka y esa invisibilidad de la mujer, si cuando no llevamos burka tampoco se nos ve como mujeres. Parece que la única visibilidad la tenemos cuando nos transformamos en votantes.

Estas mujeres que se han atrevido a denunciar y, que tras muchos intentos lo han conseguido, no lo han tenido fácil. Presiones, amenazas, intentos de silenciar, manipulaciones para hacerlas parecer histéricas o directamente mentirosas, me han hecho pensar que están tan invisibilizadas como las que llevan burka, pero sin llevarlo. Es verdad que el burka ayuda, pero no es el elemento imprescindible para hacer desaparecer a las mujeres y no ser escuchadas, ni creídas, ni... Estas mujeres que han conseguido denunciar entran en el periodo más oscuro de sus vidas que, según algunas de ellas, llega a ser peor que el mismo abuso sufrido.

Es una hipocresía evidente. Mientras tenemos un gravísimo problema de violencia doméstica, de género, familiar y, aunque no nos guste hablar de ello, de violencia vicaria que nadie sabe cómo afrontar de forma alguna; mientras la desigualdad y precariedad salarial se ceba con las mujeres sin que nadie ponga freno; mientras la sobrecarga que sufren las mujeres en la vida doméstica les impide que puedan conciliar, mayoritariamente, la vida familiar, laboral y social; mientras el acoso sexual prácticamente se está normalizando, sin que nadie consiga señalar un punto de luz, resulta que, con todo eso delante, alguien ha descubierto que viene a salvarnos diciéndonos cómo tenemos que vestir.

Siendo sinceros, en este debate lo que menos importa son las mujeres y la supuesta seguridad. En realidad, es un ejercicio de demagogia e identidad nacional. El burka es el nuevo hombre del saco que se utiliza para crear y agitar miedos y, sobre todo, para definir públicamente que es ser mujer según la imagen moral de una Europa que desde hace mucho no sabe dónde va.

Isabel Oliveira, activista social portuguesa, dice que las mujeres musulmanas que deciden llevar burka son tratadas como incapaces de pensar por sí mismas, como si no tuvieran voz propia. A la vez, a las mujeres occidentales que deciden vestir mostrando parte de su cuerpo, se las acusa y juzga socialmente por exhibirse. En ambos casos la cuestión es controlar, dominar el cuerpo femenino.

Esto evidencia que el machismo cambia de forma, pero no desaparece. La libertad ya no es un derecho, aunque haya que conquistarlo de vez en cuando. Ahora, la libertad, es una concesión del poder y, bien podría llegar a ser una interpretación del Estado. Gracias, muchas gracias, pero ya no queremos a nadie que piense y hable por nosotras.

Este tipo de decisiones, aunque luego no tengan recorrido en el Congreso y no lleguen a legislarse, no dejan de ser más que el lobo que asoma la patita por debajo de la puerta, tuneada de falsos de deseos de seguridad, para conseguir sus fines. Muchas personas que no veían en el burka más que algo propio de una cultura, han terminado por tener miedo con lo que eso ayuda a la no integración y, por encima de todo, a reafirmar prejuicios que tanto cuesta vencer.

La obscenidad no es solamente aquello que ofende al pudor, a la moral sexual, o cuestiones que resultan indecentes o impúdicas. La obscenidad, sobre todo en política, es también jugar y manipular a los ciudadanos que no son vistos como tales, sino como votantes.

Pero, ya vemos, el verdadero, gran y terrible problema es el burka. Lo que nos queda por ver, señoras. Y señores también. Lo que nos queda por ver... ¡Será alucinante!

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