Opinión | erre que erre
El retroceso ambiental en Zaragoza

Varios paseantes en la zona de bajas emisiones de Zaragoza. / Josema Molina
Hay decisiones que definen a una ciudad. Y la marcha atrás del Ayuntamiento de Zaragoza con la Zona de Baja Emisiones (ZBE) es una de ellas. Lo que debía ser un paso firme hacia el futuro se ha convertido en moneda de cambio presupuestaria entre PP y Vox. Un desatino que retrata una forma de gobernar: primero el relato, después la coherencia.
Zaragoza fue seleccionada por la Comisión Europea entre el centenar de urbes que lideran la misión de neutralidad climática en 2030. Un reconocimiento que no era simbólico, sino un compromiso con la modernización, la innovación y la salud pública. La ZBE formaba parte de esa hoja de ruta. Ahora, todo queda condicionado a que «haya alta contaminación», como si la prevención fuese un capricho ideológico y no una obligación de salud pública.
Se ha comprado el argumento simplista de que en Zaragoza no hay contaminación porque hace viento. Como si el cierzo fuese una política ambiental. Pero los datos son menos complacientes. En la capital, las enfermedades respiratorias afectan al menos a uno de cada diez adultos entre 40 y 80 años. Más de la mitad de los zaragozanos sufren síntomas, a menudo agravados por la calidad del aire. No es alarmar, sino no engañar.
Y preocupante es también la forma. Antes de las elecciones del 8F, PP y Vox ya tenían encarrilado el presupuesto. No había problemas. Sin embargo, se escenificó un choque que, casualmente, se resolvió después de las urnas con una fórmula salomónica: la ZBE solo se activará en episodios de alta contaminación, no habrá sanciones automáticas y se asegura que no se perderán los más de 20 millones de euros en ayudas al transporte vinculadas a su implantación. Que ya se verá.
Si había esa seguridad jurídica, ya debería haber existido antes de la cita electoral. Lo que era inviable pasó a ser viable en días. Lo que era una línea roja se convirtió en una cláusula flexible. Mucho teatro para un asunto tan serio.
La sensación es que se ha jugado con los tiempos y con la percepción ciudadana. Que la ZBE no era el problema, sino la coartada. Y que el presupuesto —quizá el último antes del próximo ciclo electoral— precisaba un relato de firmeza que luego se diluye en la práctica.
Zaragoza puede perder algo más que una etiqueta ambiental: credibilidad, liderazgo y coherencia. Puede dejar de ser referente para convertirse en ejemplo de retroceso. Y, lo más grave, puede perder salud pública y oportunidades de financiación en nombre de una batalla cultural que no mejora la vida de nadie. No es ideología, sino responsabilidad. Las ciudades que avanzan son las que planifican a largo plazo, no las que ajustan sus compromisos al calendario electoral. El viento ayuda, sí. Pero no sustituye a la política.
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