Opinión | EL ÁNGULO
La liga de los hombres extraordinarios
Cuando la política global se convierte en un duelo entre líderes fuertes, las reglas comunes tienden a convertirse en simples recomendaciones
El grupo de hombres insólitos o, por lo menos, en el encuentro de todos juntos en un mismo tiempo, son líderes personalistas, convencidos de su propio papel histórico y de un extraordinario poder para repartirse el mundo, mientras el resto observa con una mezcla de incredulidad y miedo. Una liga de dirigentes que, desde distintas trincheras ideológicas, comparten el deseo de cumplir su voluntad y la capacidad para imponerla.
En uno de los lados, la estrecha relación política entre Trump y Netanyahu ha reforzado una visión muy concreta de Oriente Medio. Para ambos líderes, la seguridad de Israel y la contención de Irán justifican una política de presión constante, sanciones económicas, amenazas militares y operaciones armadas cuando ellos consideran necesarias. La invasión de Gaza ha sido el episodio más dramático de esa lógica. La devastación, el beneficio económico y la extensión de la tensión a toda la región han consolidado la idea inquietante de que Oriente Medio sigue siendo un espacio donde la fuerza militar marca los ritmos de la diplomacia inoperante.
Más allá de la región, el mismo enfoque aparece en el Caribe. La presión de Estados Unidos sobre Venezuela se explica oficialmente por razones de seguridad o defensa de la democracia. Pero en el debate internacional, a uno u otro lado, siempre planea el factor determinante, el petróleo.
En el otro extremo aparece la némesis de Trump, Vladímir Putin, con una relación que parece oscilar entre la fascinación y la rivalidad. Rusia ha demostrado que sus alianzas no son sentimentales ni permanentes. En el conflicto sirio, el Kremlin salvó durante años al régimen de Al‑Assad, pero cuando la relación coste beneficio cambió, el apoyo se volvió limitado. Lo mismo ocurrió con socios circunstanciales como Nicolás Maduro, con la red regional vinculada a Hassan Nasrallah, o con el liderazgo religioso de Ali Khamenei. Moscú coopera, arma y negocia, pero rara vez se sacrifica por completo. En la lógica del Kremlin, los aliados son instrumentos geopolíticos, ya no compromisos existenciales.
Mientras tanto, el sistema internacional de instituciones y derecho internacional intenta seguir teniendo alguna relevancia en medio de esa dinámica. El problema es que, cuando la política global se convierte en un duelo entre líderes fuertes, las reglas comunes tienden a convertirse en simples recomendaciones. Y así, entre sanciones y demostraciones de fuerza, la llamada liga de los hombres extraordinarios sigue determinando el rumbo del presente cuando el mundo lo que necesita, con urgencia, es exactamente lo contrario.
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