Opinión | EN EL PUNTO DE MIRA
Las nuevas mascotas
Conforme me he ido adentrando en la vida al precio de adentrarme en los años, he aprendido a valorar aquel principio evangélico de no exigir más a los demás de lo que nos exigimos a nosotros mismos.
Será por eso que me resulta difícil, que me produce un cierto pudor, juzgar el desmesurado uso del móvil y las redes, cuando este artilugio forma parte de mi vida desde hace muchos años. Pero es que salir a la calle y ver a todo el mundo con la cabeza agachada mirando el teléfono; ir al gimnasio y encontrarte la misma situación, aunque estén levantando pesas al mismo tiempo; comer con los amigos con él encima de la mesa, acariciarlo mientras lo llevas en el bolsillo o en la mano, o abrirlo compulsivamente para ver la última gansada, las últimas trivialidades que cualquiera repite. Es para que nos lo hagamos mirar.
En él descargamos nuestros pensamientos, inquietudes, relaciones, consultas. Es lo último que miramos antes de acostarnos y lo primero que hacemos al levantarnos. Olvidarlo puede ser traumático, y perderlo una catástrofe. Como decía en el titular, son las nuevas mascotas de nuestro tiempo. Hasta llego a pensar que concitan en muchos ciertos sentimientos y afectividad. Con las redes sociales, con el constante tráfico de información, hemos perdido algo esencial en la vida; el diálogo, la conversación, la discusión y defensa de opiniones. Ya no contamos nuestras impresiones, sino el refrito de las que nos han contado otros a través de las diferentes redes sociales.
Hasta hace unos años la ruindad de las personas, los mentiras y calumnias, podían amargarle la existencia a cualquiera con sus insidias; pero el círculo expansivo era limitado. Sin embargo, ahora, gracias a internet, se puede hacer presa de esa misma crueldad a cualquiera de forma anónima y multiplicando por infinito la onda expansiva. Artistas, políticos, empresarios, periodistas, compañeros de colegio y de trabajo, hasta Vd. que me está leyendo puede ser presa de quienes, tapados por la máscara que da otra identidad falsa, se ensañan. Como decía un columnista recientemente: en la vida democrática de este país, solo un cierto tipo de gente ha tratado de hacer política con la capucha. Si para defender ideas hay que ocultar la identidad, algo falla. Hemos ido muy lejos, y hay que replantearse muchas cosas (el 19% de los niños de 10 años ya tienen móvil, según el INE). Ya sé que muchísimos padres que les han dado como chupete a sus hijos el teléfono móvil desde muy temprano, difícilmente aceptarán la adicción de miles de jóvenes que ven en él su refugio y al mismo tiempo su prisión. Porque comienza a haber un cierto consenso entre los científicos acerca de las implicaciones para la salud de la sobreexposición a las pantallas en edades tempranas.
El 48% de los adolescentes pierde el control del tiempo que pasa con él; el 25% lo usa para «olvidar problemas»; y el 11% reconoce su impacto negativo en el rendimiento escolar. Además, el 17% ha intentado reducir su uso, pero no lo consigue. Si en España el 78% de los escolares entre 10 y 12 años están registrados en alguna red social, y el 44% en tres o más, según Unicef, y las redes son como el salvaje oeste digital del que extraer oro, sin ningún control ni normativa, es imprescindible que los poderes públicos protejan a quienes, por su edad, menos posibilidades tienen de discernir y objetivar los contenidos y la información que desvergonzadamente circulan por ellas. Pues bien, aunque parezca increíble, la derecha extrema y la extrema derecha de este país han mirado para otro lado y hecho mofas cuando el presidente Sánchez ha planteado limitar el acceso a las redes a los menores de 16 años.
Las tecnológicas han creado aplicaciones para sacar dólares de nuestros ojos y de nuestro tiempo. Por eso, ser adicto a las redes no es una opción personal sino el resultado del capitalismo salvaje de las plataformas cuya velocidad en las innovaciones tecnológicas supera a las democracias y a nuestra capacidad de entender lo que está ocurriendo. Y mucho más las consecuencias. Como decía El Roto el pasado martes en su viñeta a través de un orondo cardenal. «Hemos abandonado al espíritu santo y nos han pasado a la fibra óptica».
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