Opinión
Los libros
Acabo de leer ‘Oxígeno’, la última novela de Marta Jiménez Serrano y sin casi desenredarme de su dolor vestido con todas las fugas que atropellan a la vida, conquisto entre mis manos la nueva novela de Nata Moreno, ‘Madonna no nació en Wisconsin’, que discurre por mundos sórdidos donde hay habitaciones en las que se golpean los borrachos, mujeres que se deshacen en garajes cutres y polvorientos, cigarros que hielan deseos y niñas que crecen porque es norma de la naturaleza, que no de la vida si la vida acaso fuera sensata. Y en ambos casos es que como si las dos, además de escribir sus respectivas novelas, caminaran sobre ellas mostrando lo feo y lo ingrato, también lo milagroso y lo hermoso y un trozo de esperanza que cabalga indiferente y se alarga hasta alcanzar el punto final que tiene y sostiene a cada libro. Cada uno tiene su razón y por eso hay libros que permanecen y solo el tiempo sabe por qué, libros que se olvidan y un día vuelven, libros a los que hay que quemar para poder respirar, libros llenos de dedicatorias sin nombres, libros que son como una tazón de leche caliente, libros helados y esos que nunca lees más allá del título, que es apocalíptico y da miedo, y siempre ocupa el mismo lugar en la estantería porque alguien lo regaló pensando que regalaba un tesoro y simplemente regalaba una sombra cóncava sin palabras en medio y muchos recuerdos para olvidar.
Los días para leer son casi todos, los días para amar se van distanciando como las zancadas que te separaban de tus mayores sin que ellos se dieran cuenta de que eras pequeña, el bosque inmenso y tenías miedo. Y los días para morir no se escriben, simplemente son y constatan un final que alerta y con el que intentamos disimular nuestro terror y vestirnos de blanco para saludar de nuevo a la vida.
Todo eso está en ‘Oxígeno’, que ya está leído y remueve y conmueve y destroza con una música del azar que todo lo desordena hasta quedar inmóvil y golpeada contra el suelo del baño y con sangre alrededor, pero sin sentir, porque la mañana era normal y solo teníamos que sobrevivir a la resaca.
Con Madonna sigo avanzando y lo hago a su ritmo, con su caligrafía y con el miedo instalado en cada letra. «Mi madre me había dejado un papel con un número de teléfono, por si pasaba algo muy, muy malo. Llamé». Los libros son un escalofrío necesario y una caricia afortunada y casi siempre nos invitan a volver cuando estábamos a punto de marcharnos..
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