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Opinión

Pedro J. López Correas

Pedro J. López Correas

Historiador y escritor

Zaragoza

La cincomarzada de 1838 en Épila

El 5 de marzo los partidarios epilenses de don Carlos se precipitaron a la hora de vitorearle como rey de España en la propia Épila

En la madrugada del 5 de marzo de 1838, los carlistas, mandados por uno de sus jefes: Cabañero, entraron en Zaragoza con la intención de tomar la ciudad. La intervención del pueblo zaragozano en defensa de su capital resultó decisiva para que tal plan no fraguara en éxito. Pero ese mismo día en Épila, sin saber cómo terminaría el asalto a Zaragoza, un grupo de epilenses proclamaba a don Carlos (el presumiblemente Carlos V) como rey de España. Desde luego, ¡un foco de carlismo aragonés estaba en Épila!

El 5 de marzo, puntualizado está, los partidarios epilenses de don Carlos se precipitaron a la hora de vitorearle como rey de España en la propia Épila. El fracaso carlista en Zaragoza provocó la desbandada de tan impetuosos vecinos por diversos territorios de Aragón y algunos buscaron cobijo en el Bajo Aragón, donde los carlistas tenían sus plazas fuertes. De hecho, ni en el mismo día 5 de marzo ni en días sucesivos hubo entierros en Santa María la Mayor.

Este descalabro podía hacernos pensar que íbamos a sumergirnos en un año de mayor tranquilidad y sosiego. Craso error. Cinco meses más tarde, el 19 de agosto, la villa sufría una nueva invasión rebelde bajo las órdenes de Miguel Lordán. A las víctimas habidas y que seguimos, al igual que para el resto de las ocupaciones, sin poder especificar por una intencionada política de prudencia de los párrocos de entonces, hay que añadir una serie de secuestros y robos llevados a cabo por los intrusos. Los primeros para aprovisionarse de dinero en metálico y los segundos para abastecerse de comida. Concreciones son los casos de Celestino Felipe, Joaquín Cuartero y Joaquín Sarto a los que arrebataron familiares directos, llevándolos a Calatorao, y entre los tres juntaron los 200 duros (a 67 por cabeza) reclamados para el rescate conjunto. Caso distinto, por cariz dispar, las 720 cabezas de ganado (445 ovejas y el resto carneros, borregos y cabras) robadas a Gila Peiró, viuda de Juan Antonio Casaus...

En el otoño de 1838, el general carlista Ramón Cabrera determinó reorganizar sus ejércitos en dos puestos del Jalón: Épila y Calatayud. Y su comandante Llagostera tomaría la villa a partir del 6 de octubre. Este, un día después y domingo, atacó e incendió Urrea de Jalón en plenas fiestas del Rosario con un balance de 9 muertos. En Épila, los carlistas estuvieron unos cuantos días y exigieron al ayuntamiento un tributo de 40.000 reales de vellón. Las paupérrimas arcas municipales, tan agobiadas por tanta contribución de guerra, no pudieron llegar más que a la mitad de las pretensiones de los rebeldes.

Sabemos de la solución: dos miembros del ayuntamiento (Pedro Jimeno y Ramón Ruiz), y dos vecinos pudientes (Pedro Escuer y ¡otra vez!, Celestino Felipe) serían llevados a la turolense Híjar en condición de rehenes y obligados a saldar la deuda del ayuntamiento con 5.000 reales cada uno de su patrimonio. Al final de la guerra, en 23 de julio de 1839, los encontramos demandando la devolución de su dinero por salvar al pueblo. Y no terminaría 1838 sin que los epilenses supieran de los 18 muertos habidos en Urrea de Jalón poco antes de Navidad por el mismo Llagostera. Al año siguiente de 1839, Épila sufriría dos significadas embestidas carlistas. Una, el 26 de abril por el cabecilla Martín Tiestos; y otra, el 9 de junio bajo Bernabéu. De nuevo las consabidas represiones: saqueos, robos (sobre todo de caballos), secuestros y gravámenes de dinero que hacia las turolenses Mirambel o Castellote tenían su destino final.

El 31 de agosto de 1839 tenía lugar el conocido Abrazo de Vergara entre el general cristino Espartero y el carlista Maroto. Isabel II sería la reina de España. Épila y el Jalón respiraron al fin. Mas, Épila quedó extenuada en todos los sentidos: económicamente, la Diputación Provincial la exprimió con tres contribuciones extraordinarias (años 1837,1838 y 1839) y los carlistas con inesperadas, ¡pero periódicas!, tributaciones; materialmente, los constantes saqueos e incendios hicieron mella en la actividad económica y en el urbanismo de la villa; y, lo que es más importante, humana y moralmente el pueblo se encontraba dividido, pues partidarios de ambos bandos habían perdido familiares y amigos. Todo estaba por hacer. La ley de indultos, sobre todo a partir del 5 de octubre de 1839, fue acogida por 46 epilenses enrolados en las filas defensoras de don Carlos. En otros muchos casos se dio la paradoja que al poco de pertenecer a las partidas carlistas, diversos vecinos de Épila vieron rápidamente que estaban en la facción equivocada y optaron por volver a casa sin más burocracias. Pero lo más importante había llegado: el final de la guerra.

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