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Opinión | El ángulo

La memoria de las guerras equivocadas

Las guerras empiezan casi siempre con una promesa, serán rápidas, eficaces, casi quirúrgicas se repite siempre ante las primeras decenas de muertos. Terminan, en cambio, dejando tras de sí una realidad mucho más compleja con regiones desestabilizadas, sociedades fracturadas y una larga factura que suele pagarse durante años. La reciente escalada militar contra Irán vuelve a colocar al mundo ante esa paradoja conocida.

Dos décadas después de la invasión de Irak volvemos a la lógica de los bombardeos preventivos. En aquel momento, los gobiernos que defendieron la intervención aseguraban que la operación traería estabilidad y seguridad internacional. La historia posterior demostró el reguero de atentados no solo en la vista lejana de nuestras ventanas sino en nuestras propias cercanías.

La referencia a ese pasado no es solo un ejercicio de memoria histórica, es también una advertencia sobre la facilidad con la que la política internacional cae en patrones que parecían superados. Europa, que en las últimas décadas ha intentado presentarse como el actor internacional más inclinado al multilateralismo, se enfrenta ahora a una prueba incómoda. Defender la legalidad y la diplomacia resulta relativamente sencillo en abstracto, hacerlo en medio del colonialismo americano de la mano del sionismo exige una coherencia mucho más difícil de sostener.

En este contexto, Pedro Sánchez busca situar a España en un espacio político que trasciende el debate interno. Su rechazo a la escalada militar no solo responde a una lectura del pasado reciente de Oriente Medio, sino también a la intención de reforzar una línea diplomática que prioriza la negociación y el derecho internacional. En un escenario internacional cada vez más fragmentado, ese posicionamiento aspira a proyectar a España como una voz que defiende la contención frente a la lógica de la confrontación.

No está siendo una tarea sencilla, más allá del entusiasmo turco, la política exterior europea se mueve con dificultad para construir posiciones comunes. Así cualquier intento de liderazgo implica asumir el riesgo de quedar aislado o el de ser interpretado en clave doméstica. Pero también abre la posibilidad de articular una respuesta distinta en un momento en el que la política internacional se inclina de nuevo hacia soluciones militares.

Si algo enseñaron las guerras de comienzos de siglo es que la fuerza militar, por sí sola, raramente resuelve las tensiones que pretende eliminar. La historia no siempre se repite, pero sí deja advertencias. Ignorarlas suele ser el primer paso para volver a cometer los mismos errores.

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