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Opinión

Alberto Quílez Robres

Alberto Quílez Robres

Doctor en Educación por la Universidad de Zaragoza

Saber no basta: la ética del conocimiento

Vivimos en un momento en el que el conocimiento se produce a una velocidad sin precedentes o al menos, eso parece, ya que cada día se publican miles de artículos científicos, se desarrollan nuevas tecnologías y se generan datos que transforman nuestra forma de comprender el mundo aun cayendo en redundancia en muchas ocasiones. Sin embargo, en medio de esta abundancia de información conviene realizar una reflexión profunda con sentido filosófico: ¿para qué sirve el conocimiento?

Durante siglos, el saber ha sido considerado uno de los pilares fundamentales del progreso humano. Las universidades nacieron precisamente con ese propósito: custodiar, desarrollar y transmitir el conocimiento. Pero esa misión nunca fue solo académica. Desde su origen, el conocimiento tenía también una vocación pública. No se trataba únicamente de acumular saber, sino de ponerlo al servicio de la sociedad. En este sentido, la tradición filosófica clásica ya lo expresó con claridad. Para pensadores como Aristóteles, el conocimiento no era únicamente una herramienta para entender el mundo, sino también una guía para vivir bien en él. Saber implicaba necesariamente una dimensión ética. El conocimiento debía orientarse hacia aquello que contribuye al bienestar colectivo.

Sin embargo, en la actualidad reducimos el saber a un bien individual o a un instrumento de competencia. En ocasiones parece que el conocimiento se mide únicamente en términos de productividad, de impacto o de utilidad inmediata. Publicamos, investigamos, innovamos… pero rara vez nos detenemos a reflexionar sobre el sentido último de todo ese esfuerzo intelectual. ¿Cómo impactó en la sociedad? ¿Qué aspecto novedoso y útil ha traído? ¿Mejoró la vida de las personas?

En este contexto, recuperar la idea de sabiduría resulta muy necesario.

La sabiduría no es simplemente tener más información ni dominar más disciplinas. La sabiduría implica comprender cómo ese conocimiento se integra en la vida de las personas y en el equilibrio de la sociedad. Es una forma de conocimiento que no se limita a explicar la realidad, sino que también se pregunta por las consecuencias de nuestras decisiones. Podríamos decir que el conocimiento nos permite descubrir posibilidades, mientras que la sabiduría nos ayuda a decidir cuáles merecen realmente la pena.

Este matiz es especialmente importante en una sociedad profundamente tecnológica. Hoy somos capaces de desarrollar herramientas extraordinarias, capaces de procesar millones de datos, incluso de desarrollar avances médicos que hace apenas unas décadas parecían ciencia ficción. Pero la pregunta fundamental sigue siendo la misma: ¿cómo utilizamos ese conocimiento? ¿lo hacemos correctamente? ¿la sabiduría es apoyada y democratizada?

La historia nos recuerda que el saber, por sí mismo, no garantiza decisiones justas. La ciencia y la tecnología han producido algunos de los mayores avances de la humanidad, pero también han sido utilizadas en ocasiones con consecuencias devastadoras. Por eso la reflexión ética no puede ser un elemento secundario del conocimiento; debe formar parte de su propia esencia. De algún modo, la sabiduría consiste precisamente en eso: en orientar el conocimiento hacia el bien común. Esto implica reconocer que el saber no es una propiedad privada. Todo conocimiento se construye sobre el trabajo previo de otros, sobre la experiencia acumulada de generaciones enteras. Investigadores, docentes, profesionales o instituciones forman parte de una misma cadena de transmisión intelectual que atraviesa el tiempo.

Aprendemos gracias a quienes nos precedieron y, al mismo tiempo, tenemos la responsabilidad de transmitir ese conocimiento a quienes vendrán después. En este sentido, la educación y la investigación no deberían entenderse únicamente como espacios de producción de conocimiento, sino también como espacios de responsabilidad social. El verdadero valor del saber no reside únicamente en su capacidad para explicar el mundo, sino en su potencial para mejorar la vida de las personas.

Por tanto, recordar una idea tan antigua como vigente: saber más no significa necesariamente ser más sabio, es de total necesidad, pues la sabiduría aparece cuando el conocimiento se orienta hacia fines que trascienden el interés individual. Y, en una sociedad que a menudo confunde información con comprensión y progreso con velocidad, reivindicar la sabiduría puede parecer una propuesta casi contracultural. Pero tal vez sea precisamente lo que necesitamos. Porque el conocimiento, cuando se separa de la ética, corre el riesgo de perder su sentido. Y porque el verdadero valor del saber no está solo en lo que descubrimos, sino en lo que decidimos hacer con ello. Cuando el conocimiento se comparte, se construye colectivamente y se orienta hacia el bien común, deja de ser simplemente información para convertirse en sabiduría.

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