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Opinión

Después del 8F: el reto del PSOE en Zaragoza

Las nuevas Cortes de Aragón están constituidas y los recién elegidos diputados y diputadas ya se acomodan en sus flamantes escaños. Es tiempo de hacer una lectura un poco más pausada de lo ocurrido en las últimas elecciones autonómicas y especialmente en la izquierda, que acaba de alcanzar sus niveles más bajos de voto desde 1983.

Algo habrá que analizar si tenemos en cuenta que el conjunto de partidos progresistas no alcanza el 40% de los votos, un dato que contrasta con los porcentajes de comienzos de siglo, que superaban con holgura el 50% (2003 y 2007). Desde entonces, salvo el paréntesis de 2015, con la irrupción de Podemos, el apoyo ha ido descendiendo hasta ese 38% del pasado 8 de febrero.

En el espacio más a la izquierda la división en múltiples siglas penaliza mucho, y en ocasiones una parte no pequeña del voto se pierde directamente al no alcanzar el umbral mínimo necesario para lograr representación. Baste recordar el dato de las elecciones municipales de 2023 en Huesca, con cuatro candidaturas por encima del 4% del voto y cero concejalías. El espejismo de la Chunta, con los resultados casi históricos de hace un mes, sirve solo para maquillar el panorama general, pero la fragmentación seguirá reduciendo escaños y, con ello, la capacidad de influir en el Parlamento aragonés.

Dicho esto, es el PSOE el que, por historia y por responsabilidad, está obligado a hacerse las preguntas más incómodas. Los 18 escaños obtenidos por Pilar Alegría, junto con el retroceso del PP, han permitido salvar los muebles después de que muchos vaticinaran un resultado peor. También han servido para calmar los ánimos dentro del partido, de momento, pero sería un error confundir este pequeño alivio con optimismo de cara al futuro si no se abordan cambios de manera urgente.

Y es que el bajón socialista en Aragón no se puede explicar solo por el arrastre de la política nacional. Aunque las encuestas dicen que el discurso antisanchista ha calado hondo en la sociedad aragonesa, el resultado tiene también que ver con algo que de ninguna manera es responsabilidad de la actual secretaria general del PSOE, y es el deterioro progresivo de un partido que, desde hace demasiado tiempo, atraviesa sus horas más bajas en Zaragoza.

Este es el principal problema en el que los socialistas deberían centrarse, sobre todo porque cuando un partido que ha sido mayoritario pierde el pulso en su capital, corre el riesgo de perderlo en toda la comunidad, ya que es ahí donde se fija buena parte del relato público, donde se concentra la conversación política y donde se decide si una marca transmite energía y, antes que nada, ilusión.

Zaragoza reúne la población más joven, el talento de la Universidad, el dinamismo cultural, un potente tejido asociativo y una economía innovadora, pero si el PSOE no es capaz de abrirse a todo ese inmenso capital social, seguirá perdiendo apoyos en favor de otras opciones políticas más permeables a su influencia.

De ahí que una parte importante de la militancia socialista zaragozana lleve tiempo reclamando una estructura orgánica potente que permita contar con voz propia dentro del partido. Conviene recordarlo: el PSOE de Aragón no ha tenido nunca un secretario general de Zaragoza, y ni siquiera las listas municipales ni muchas otras decisiones estratégicas finales se toman en órganos dependientes de la ciudad.

Con el modelo actual, basado en más de veinte agrupaciones locales -una atomización solo superada por Madrid-, el PSOE zaragozano se ha convertido en un reino de taifas donde cada pequeña agrupación defiende su parcela, sus equilibrios y sus propias batallas internas. El resultado es previsible: el partido ha perdido por completo la capacidad real de atraer a la ciudadanía, escucharla y transformar ese pulso social en un proyecto de futuro para la principal ciudad de Aragón.

Con este panorama, una estructura de ciudad independiente, reconocible, con liderazgo propio y renovado, no es un capricho orgánico, sino la condición mínima para que el PSOE aragonés vuelva a parecer un partido con capacidad para recuperar el terreno perdido, y no un mosaico de intereses individuales en competencia permanente por unos resultados cada vez más magros.

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