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Opinión | el comentario

Aspirante al Nobel, pirata del Caribe o presunto candidato a la CPI

Donald Trump, presidente de los EEUU, ha decidido de forma unilateral convertirse en comandante en jefe del planeta. De motu propio, sin comunicación ni autorización del Congreso de EEUU, sin convocar al Consejo de Seguridad de la ONU y saltándose la legalidad internacional, no ha tenido ningún inconveniente en secuestrar al presidente de Venezuela, volar literalmente a personas en aguas que no son suyas, presionar a países como Méjico, intervenir con intenciones desestabilizadoras en territorios autónomos con conciertos con democracias europeas (Dinamarca y Groenlandia), aumentar los ya existentes embargos como en Cuba, establecer aranceles que incluso sus propios tribunales anulan, y como guinda del pastel, bombardeando y asesinando a los líderes de Irán, que, por muy antipáticos que nos puedan parecer, ostentan la máxima representación en sus territorios.

Se está viendo claramente que su objetivo no es defender a los ciudadanos de las dictaduras y autarquías que los oprimen implantando sistemas democráticos que les permitan vivir en libertad; solo quiere posicionarse para tener ventaja en el control del petróleo y todo lo que se deriva del tráfico por el Golfo Pérsico, el estrecho de Ormuz y el Canal de Suez. O lo que es lo mismo, única y exclusivamente objetivos estratégicos y económicos frente a China, la potencia emergente que amenaza su poder en el mundo.

Trump ha impulsado su segunda legislatura por el peor de los caminos posibles. Él, que aspiraba al Premio Nobel de La Paz, ha hecho de la guerra su casus beli, olvidando que el mundo, y a pesar de errores manifiestos, ha hecho de la diplomacia y de la legalidad internacional el marco de relación y solución de los problemas entre países. Se ha convertido como los piratas del Caribe, utilizando su enorme poder militar para chantajear y extorsionar a todo aquel que no se someta a sus intereses.

Donald Trump, arrogándose el liderato del mundo, ha perdido la ocasión de utilizar su poder, económico, político y de tradición democrática para convocar en la ONU a todos los países y establecer un programa mundial para eliminar las autarquías y dictaduras del mundo y que sean los derechos humanos y la legalidad internacional el marco de relación entre países y a ello destinar todos los esfuerzos, incluso con graves sanciones para aquellos que lo incumplan. Ese hubiera sido su camino hacia el Nobel, como Martín Luther King, que dijo aquello de «he tenido un sueño...» que hablaba de paz, derechos, justicia y libertad. Pero Trump parece que ha tenido otro: recuperar el derecho de pernada en su máxima extensión para someter al mundo.

Llama la atención que EEUU, la democracia más antigua de la época moderna, no tenga recursos para controlar a un presidente que su comportamiento es indigno de un país democrático y resulta muy sorprendente el silencio del Partido Demócrata y la indecisión con la que están reaccionando en la UE; solo la posición marcada por España parece que está espoleando en los últimos días posiciones contrarias a sus planteamientos.

Donald Trump se ha convertido en una ecuación con una incógnita difícil de resolver. La solución solo la tienen los ciudadanos estadounidenses, ellos solitos lo llevaron al poder, así que en su mano está, en las elecciones de medio mandato que se celebran en noviembre, de revertir la situación. Eso si llegan a tiempo. A este paso, a esa fecha igual no queda ya nada que recomponer por la magnitud del daño causado, o quizás se haya producido una respuesta global que siente al todopoderoso presidente de los Estados Unidos ante la Corte Penal Internacional. En este caso, la ONU tiene jurisdicción a través del Consejo de Seguridad, pero EEUU, además de tener derecho de veto, no es miembro de la CPI. Extrañas leyes de este mundo que consienten a los agresores vetar resoluciones sobre sus actuaciones, lo que les permite actuar con total impunidad.

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