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Opinión

Observaciones etnográficas

Ya lo siento, pero es así. El mundo interior de los partidos políticos es como la vida misma, como la sociedad a la que pertenecen. Uno se puede encontrar lo mejor y lo peor, gente con ideología que entiende que un partido es un medio para construir una sociedad mejor y defender los intereses de la mayoría y gente a la que lo único que le interesa es asegurarse un puesto que retribuya por encima del mercado sus habilidades, capacidades y conocimientos. Y si acaso al final, si llega ese final que se retrasa lo más posible por todos los medios, pues puerta giratoria o a montarse una empresita en la que capitalizar los contactos y conocimientos acumulados. Hay toda una tipología. Desde el que se monta el partido como un chiringuito más con el que intentar forrarse hasta el que desde muy joven se especializa en controlar los mecanismos con los que asegurarse un puesto, independientemente de su competencia en algún sector. Suelen ser gente además, que desde el primer momento postelectoral desprestigian a la compañera de partido, empezando a sembrar para las siguientes, no saben ni quieren trabajar en equipo, son desleales con su grupo y con las siglas de las que se sirvieron y desde luego con los votantes que eligieron la lista en la que ellos habían conseguido colocarse. Para ello tratan de establecer relaciones y controlar agrupaciones y mantenerlas dormidas, anestesiadas e inservibles. Solo sirven para determinar el orden en las listas creando redes clientelares. Y a eso le llaman funcionamiento democrático. No hay planes de formación y las sedes huelen a nido vacío o a cementerio. Si se cerraran nadie las echaría en falta. Así que hay mucho que cambiar. Si reproduces el mismo pésimo funcionamiento será difícil que mejores resultados. En estos tiempos los partidos de izquierda tienen que participar en la batalla cultural, en la calle, en la vida cotidiana. Y sus militantes deben de estar involucrados y formados para hacerlo. Si lo que quieren es simplemente máquinas electorales al servicio de listillos y además incompetentes acreditados pues mal vamos. Y la alegría tornará en frustración.

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