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Opinión

Trabajo social: el arte de acompañar

No me resulta fácil explicar qué es un trabajador social, cuando a alguien le digo que esa es mi profesión. Nadie necesita que le expliquen qué es un médico, todo el mundo sabe que se dedica «a curar» y lo relaciona con la salud, hospitales, medicinas... O qué es un maestro, por supuesto «enseña», todo el mundo sabe que se dedica «a formar» y lo relaciona con escuelas, aulas, libros...

¿Pero qué es trabajador social? ¿Con qué se nos relaciona? Durante mucho tiempo sólo se nos ha relacionado con pobreza y marginación. Pero, ¿realmente es a eso a lo que nos dedicamos los y las trabajadoras sociales?

Cuando comencé mis estudios hace más de 50 años, todavía nos llamábamos «asistentes sociales». En el folleto que explicaba qué eran esos estudios, entonces ni siquiera universitarios, la calificaba como «una carrera moderna, femenina y arriesgada». Actualmente seguimos siendo una profesión femenina, aunque no tanto como entonces, cuando fui el primer chico que estudiaba eso en Aragón. Moderna sin duda es y sigue siendo esta profesión, tan necesaria en una sociedad como la actual. Arriesgada, ni más ni menos que otras actividades profesionales.

Pero tuvimos que asumir el riesgo de construir nuestro rol profesional transformando esa imagen asistencial al ritmo que conseguimos transformar las vetustas instituciones benéficas y asistenciales de la dictadura: los asilos para ancianos desamparados, los orfanatos y centros de corrección de menores, los «cotolengos» para personas con discapacidad, el patronato de protección de la mujer, los albergues de transeúntes, además de colaborar activamente en la reforma psiquiátrica... Tuvimos además que crear desde cero la base de un nuevo sistema de protección, los servicios sociales, poniendo en marcha centros y servicios sociales de base en barrios, pueblos y comarcas, prestando asesoramiento y orientación, atenciones domiciliarias y actividades de dinamización comunitaria.

Hemos sido también determinantes en la elaboración de la Ley de Atención a la Dependencia y en el despliegue de todas sus estructuras, servicios y prestaciones.

Gracias a todo ello, trabajadores y trabajadoras sociales ya no somos una profesión exótica, y estamos presentes en una de las redes más implantadas en el territorio, en todos los barrios y pueblos, allí donde otras profesiones están viviendo un repliegue. Además, hemos consolidado nuestra presencia en multitud de servicios, no sólo de carácter «social» sino también en hospitales y centros de salud, en centros escolares, centros penitenciarios, organizaciones sin ánimo de lucro, empresas...

Hoy millones de personas de toda clase y condición han acudido a algún trabajador o trabajadora social para gestionar situaciones de dependencia o en otras muchas situaciones no necesariamente vinculadas a la pobreza o la marginación.

Pero la pregunta sigue en el aire: si el personal sanitario se dedica «a la salud» y maestros y profesores se dedican «a educar», ¿a qué se dedica un trabajador social? Podría decir, como Don Quijote, «sabed que mi oficio no es otro, sino valer a los que poco pueden». Y en buena medida, así es. Para ello hacemos dos cosas fundamentalmente: favorecer y apoyar la autonomía para la convivencia en personas, familias o grupos con dificultades por su estado físico o psíquico, por problemas económicos o relacionales, o por barreras de género, culturales o étnicas. Además, nos dedicamos a promover la convivencia, tan necesaria para los seres humanos como la salud y la educación.

Puede que usted haya visto a trabajadores sociales tramitando la valoración de la dependencia o alguna de sus prestaciones económicas o servicios. Quizás sepa que tramitamos ayudas económicas para familias necesitadas y que elaboramos informes para que se beneficien del bono social o para alquileres o acceso a una vivienda pública de alquiler.

Asesorar y orientar sobre estas y otras ayudas, tramitar prestaciones económicas o servicios, elaborar informes..., constituye una parte importante de lo que hace un o una trabajador o trabajadora social. También gestionar servicios, organizar y realizar actividades, investigar...

Pero si algo define a un buen trabajador o trabajadora social, es su capacidad y sus habilidades para acompañar a las personas, familias o grupos que lo necesiten. La intervención social es cambio, y los cambios no se logran sólo con un ayudas económicas o servicios. Son procesos prolongados, a lo largo de los cuales hay que superar muchas dificultades de carácter personal o del entorno.

Por eso nuestra profesión, el trabajo social, es sobre todo y ante todo, acompañamiento.

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