Opinión | TEJIENDO PALABRAS
El rostro de la paternidad
Ayer celebramos el Día del Padre. Cada año cuando se aproxima esta fiesta, los centros comerciales nos inundan con su publicidad para que nos acordemos de hacer el regalo a los padres. Los niños en la escuela hacen algún dibujo o manualidad alusiva al amor que les tienen; y llegado el día, los gestos, los regalos, los abrazos y las celebraciones son el fluir de una jornada en la que se desea hacer felices a los papás. Creo que este día es una oportunidad para reflexionar sobre la paternidad. En otras épocas, los padres de familia representaban unos valores cuyos principios eran la autoridad, el servicio como sostén económico y la protección de la familia. Aunque es verdad que, a veces, estos valores, en determinadas familias, se trastocaban en autoritarismo, sometimiento de la familia a los criterios paternos, ausencia absoluta de implicación en el hogar y en la crianza de los hijos, inexpresividad de las emociones, es decir, los padres no lloraban, no decían un «te quiero» a los hijos porque eso era signo de debilidad, de ser poco hombre. Un padre bueno era el que madrugaba mucho para trabajar, arreglaba las cosas materiales de la casa, se sacrificaba con su trabajo todo el día para llevar el pan al hogar, era paciente con su esposa y sus hijos, hablaba poco, no expresaba emociones de afecto y dejaba a su mujer decidir en los asuntos del hogar. Esto que acabo de decir, no es una evidencia científica que yo haya podido extraer de alguna concienzuda investigación, se trata de una simple opinión que resulta de lo que yo he visto, después de bastantes años de vida.
El nuevo rostro de la paternidad supone un cambio considerable: los padres de hoy están más implicados en el trabajo de casa, cambian pañales, llevan los niños al cole, expresan emociones, juegan con sus hijos, se reparten las tareas con la mujer. Su forma de estar en el mundo va cambiando considerablemente. La cultura actual, tendente a la igualdad entre el hombre y la mujer, la incorporación de ésta al trabajo, y los nuevos roles que se van sustanciando en la sociedad conllevan la aparición de un nuevo rostro de la paternidad. Es un hecho evidente que el hombre se va integrando más en los procesos educativos, sociales y afectivos de la familia. Frente al padre proveedor, ausente del hogar por focalización en el trabajo, ahora surge el padre más presente en el la familia; frente al padre que representa la autoridad absoluta ahora se tiende al padre dialogante, comprensivo, cercano y emocional. A pesar de todos los cambios, la paternidad se sigue viviendo con el deseo profundo de proteger y ayudar a los hijos, buscar para ellos lo mejor, evitar que sufran, transmitirles todos los valores que se necesitan para caminar por la vida.
Es importante que no condenemos ni santifiquemos desde nuestro contexto social y cultural la paternidad de otras épocas, ya que cada uno somos hijos de nuestro tiempo. Al margen de la cultura imperante en cada momento, la mejor paternidad es aquella en la que un padre de familia se entrega a sus hijos educándoles con coherencia: es decir, transmitiendo valores en consonancia con su forma de vida. Nuestra evolución como especie se va construyendo, vamos aprendiendo de nuestros errores, nuestra cultura va caminando y progresando por los senderos de la humanización. Por eso, el nuevo rostro de la paternidad nos aleja de la barbarie, y las nuevas generaciones van adquiriendo unos valores familiares y sociales cada vez mejores. Nunca como ahora, las sociedades se han interesado tan activamente en la búsqueda del bien y de la felicidad; se están promoviendo sistemas de vida familiares en los que se da prioridad a eso que Pablo VI y Juan Pablo II desarrollaron como la «civilización del amor», que tanta influencia está teniendo en diversas corrientes filosóficas actuales, cuya preocupación es la idea de una sociedad fundada en el amor, la justicia y la fraternidad. En definitiva, el amor paterno y materno es una de las fuerzas más profundas de la historia humana porque une, mueve, da sentido a la vida y transforma a la persona.
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