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Opinión

Cerebro conectado y hackeado

Frente al auge de la Inteligencia Artificial, se estilan nuevos cerebros para pensar y relacionarnos sin ser atacados. Pionero de la neurociencia cognitiva y de la psicología social, Matthew D. Lieberman sugiere que «la intuición nos dice que el dolor social y el físico son dos tipos de experiencias radicalmente distintas, pero la forma en que nuestro cerebro las gestiona sugiere que son más similares de lo que imaginamos». Lo apunta en su reciente traducción al español Social. Por qué nuestros cerebros están programados para conectarse (Capitán Swing), del 2013 en inglés, donde ya sostenía que nuestros cerebros están diseñados, principalmente, para lo que ahora se estila como conexión social. Un rescate editorial, pues, más que oportuno para tiempos de alteraciones más que de alteridad.

Precisamente, en la misma línea y cambio de paradigma, desde Universidad de Zaragoza, los educomunicadores Carmen Marta-Lazo y José Antonio Gabelas presentaron recientemente en el Edificio Paraninfo su nuevo libro Relational Factor as the Central Axis for Relational-Information and Communication Technologies (Cambridge Scholars Publishing), una obra que propone situar el llamado «factor relacional», del que son pioneros, en el centro del desarrollo tecnológico y de la comunicación y vertebración digital.

Tecnologías Relacionales de la Información y la Comunicación (TRIC), por un humanismo digital, basado en las relaciones, vínculos y apegos, la ética, virtudes y cuidados, y la alfabetización mediática e informacional. Ambos expertos destacan la «neurona social» como protagonista de los procesos de interacción de ciencia y sociedad, a mayor gloria de nuestro Santiago Ramón y Cajal. Empatía para los aprendizajes de los que no escapa la moderna neurociencia. Para Lieberman, la función primordial del cerebro también es relacional, pues la necesidad de vincularnos con otros resulta ser el principal motor central nuestro comportamiento.

¿Por qué buscamos esta conexión social? Tras más de 20 años de investigación utilizando herramientas como la resonancia magnética funcional, el psicólogo y profesor estadounidense llega a importantes constataciones y comprensiones, evidencias que ya casi intuíamos como especie al uso, civilización tras civilización: «la pertenencia, la curiosidad por la mente ajena y la cooperación forman parte de nuestra arquitectura: vincularnos es un impulso biológico fundamental, más básico que la búsqueda de comida o refugio».

Pionero de los 90 en profundizar en el «dolor social» desde los aislamientos y soledades, en Social demuestra cómo «la respuesta al rechazo y la pertenencia activan circuitos similares a los del dolor y el placer físicos, lo que confirma que la relación con los demás es esencial para nuestra supervivencia y bienestar». O como también apuntaba el profesor Adam Grant, «Lieberman explica por qué la justicia sabe a chocolate, por qué el dolor emocional puede ser más intenso que un dolor de cabeza».

En su volumen rescatado, Matthew D. Lieberman propone tres bloques de motivación, reflexión y acción: conectar, leer la mente y vivir en armonía, necesarios los tres, porque hay que atender esa exclusión social que «activa circuitos neuronales similares a los del dolor físico»; porque todos y todas tenemos «la capacidad singular de comprender las esperanzas, miedos y motivaciones ajenas, así como de coordinar la vida en común», en favor del bien común; y porque «tendemos a ayudar a otros incluso más que a nosotros mismos. Buena parte de la actividad cognitiva se orienta a anticipar lo que otros piensan y a ajustar la conducta a los contextos sociales, muchas veces de manera inconsciente».

Investigador con más de 58.000 citas académicas, advierte que reducir las interacciones interpersonales en centros educativos y empresas «implica desaprovechar recursos neurocognitivos valiosos», y para ello propone diversas estrategias para mejorar los aprendizajes, la productividad y, en sí, toda vida colectiva y afectiva. Por otro lado, completando el cuadro, el reciente texto del neuropsicólogo Aarón Fernández del Olmo El cerebro hackeado (Kailas) profundiza en «nuestros miedos, nuestra forma de funcionar y la de los smartphones para explicar cómo los móviles están cambiando nuestro cerebro».

Aquí la pregunta es otra: ¿Nuestro cerebro es capaz de adaptarse a esta realidad de vértigo? El cerebro cambia con la experiencia, apunta el experto, «está hecho para absorberlo todo». Y el de los menores, «ya se sabe que es aún más plástico y modificable. Una esponja que integra todo lo que se le pone por delante. Lo que no suelen contarte es que esa plasticidad tiene sus reglas, sus tiempos y sus límites». Las nuevas tecnologías atentan contra nuestra forma de ser, estar y funcionar a diferentes edades y etapas de la vida. «Muchas veces un afán de productividad y rendimiento se esconde detrás del acortamiento de la infancia o de la implantación de tecnologías que no respetan los tiempos propios del ser humano».

«A menudo se nos plantea un mundo con más opciones para elegir como signo de bienestar y libertad, cuando las opciones son muy parecidas entre ellas y no permiten salirse de un modelo establecido», destaca. Y se culpa a las pantallas de muchos males que nos aquejan. Ante el avance de las tecnologías y de toda la revolución digital, social y cultural, Fernández del Olmo advierte con lucidez cómo «el reto no está en apagar las pantallas, sino en encender nuestra conciencia sobre cómo queremos vivir con ellas».

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