Opinión | EN EL PUNTO DE MIRA
Los hijos del franquismo
Hace unos días me preguntaban unos amigos qué pienso sobre el ascenso de ese partido extremo que me niego a nombrar. Lo primero que les respondí es que me tranquilizaba la protección que nos ofrece la Constitución española. No es fácil, les dije, que haya una mayoría capaz de hacer un destrozo de los pilares básicos de la democracia y de nuestra convivencia.
Uno de ellos puso en duda tal argumento y me refutó: si no se atreven o no pueden cambiarla (entre otras cosas por no tener los dos tercios de las Cortes), sí pueden modificar leyes sustanciales que garantizan nuestra convivencia democrática. Incluso el título VIII, que habla sobre la organización del Estado, pueden recentralizarlo hasta convertir en anécdota el modelo actual. Basta con recortar recursos a las transferencias cedidas, convirtiendo los estatutos de autonomía en papel mojado. Pero no solo eso, que ya lo han expresado, también pueden plantear la ilegalización de partidos políticos que no les gustan, la reducción de derechos y libertades individuales y colectivas, modificar el poder judicial... Pueden ir minando los contenidos constitucionales hasta convertirlos en una caricatura de como los concebimos actualmente.
Otro amigo fue más lejos y me argumentó que mi prudencia se debe a que no quiero asumir que ese partido tiene una concepción autoritaria del poder y representa el nuevo franquismo para el s. XXI. Y probablemente tenga razón; sus discursos, sus prácticas políticas antisistema y sus aliados internacionales les hacen ser una calcomanía de las verbalizadas en la Europa de los años treinta y en los cuarenta años de franquismo.
Seguramente, después de vivir una situación tan traumática como la de la dictadura, lo que más deseamos es olvidarla y poder vivir sin grandes sobresaltos. Pero está visto que hemos dado por supuesto el bienestar y la convivencia, y no está tan claro que pueda permanecer siempre sin currárselo, sin defenderlo todos los días.
Aquello que algunos llamaban "franquismo sociológico", que trataban como un residuo folclórico, está reencarnando en un partido político que puede llegar al 20% de respaldo electoral, que arrastra y marca al PP en sus postulados y políticas más ultras, y puede llegar al Consejo de Ministros.
Las ultraderechas no ganan adeptos solamente en las urnas y en las redes: ganan antes en las condiciones de vida que moldean nuestras concepciones, afectos, sentimientos, y formas de vivir.
Uno de los grandes retos que tenemos la izquierda es la desigualdad, que está ahí de siempre, pero que en los últimos veinte años ha conllevado una transferencia de rentas hacia las elites bestial. La riqueza de los 33 milmillonarios españoles equivale a la de 18,7 millones de compatriotas. No solo es una brecha económica, también es territorial y social, lo cual genera una sensación de desamparo e injusticia que se traslada a los de abajo, a los inmigrantes y al Estado, al que se le hace responsable de todo. Si bien España presenta índices de desigualdad de rentas mejores que los de numerosos países europeos, cuando se trata de condiciones de vida la renta imputada a la vivienda y los servicios públicos como la sanidad y la educación la cosa cambia. Ante estas situaciones, un gobierno progresista busca compensar, limitar las desigualdades con ayudas, incentivos, aumentos del SMI, mejoras de la sanidad y la educación pública, políticas sociales. La ultraderecha pone el foco y culpabiliza a los inmigrantes, ellos son los que hacen un uso indebido de los servicios públicos, copan los puestos de trabajo en peores condiciones y abusan de las ayudas. Nadie sabe qué propuestas tienen para resolver las desigualdades salvo el odio y echar a millones de inmigrantes al estilo de Donald Trump.
Lo mismo ocurre cuando hablamos de la inseguridad, la pérdida de empleo, la reducción de salarios, el aumento del alquiler o de la hipoteca, la precariedad laboral, son lo que produce esa sensación de inseguridad y miedo a la marginalidad. Ellos lo transforman en la inseguridad ciudadana: más policías, mano dura y menos libertades.
Algo parecido podríamos decir del autoritarismo que emana en su odio a cualquier organización de la sociedad civil, solo conciben una sociedad organizada en torno a la bandera, la patria, la nación y el líder, lo demás sobra.
Su antifeminismo parece genético: para ellos las mujeres tienen tantos privilegios que les quitan empleo a los hombres, y desbordan su estatus con su arrogancia. Han conseguido tales niveles de igualdad que están pervirtiendo las relaciones naturales de dependencia, por eso debe cambiarse las políticas de igualdad por las de apoyo a la familia.
Pero, sobre todo, este neofranquismo basa todo su discurso en la negación de estos 50 años de democracia. Están abrazados a los mismos clichés de la dictadura, la descalificación del contrario, la simplificación de las soluciones y el odio al diferente.
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