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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Nostalgia de Zaragoza

Guste o no, parece cierto, y probado, que los autores «realistas» acaban por perdurar en mayor medida a lo largo del tiempo que los llamados autores «fantásticos». Sus lectores se muestran, asimismo, más constantes y fieles a lo largo de las generaciones. Ejemplos como Stendhal –quizá el primero de los «realistas»–, Dickens, Flaubert o Tolstoi argumentan con peso esta tesis que, por fortuna, presenta numerosas excepciones. Pues también entre los fantásticos o románticos es posible citar nombres inmortales: Byron, Poe, Conan Doyle, Borges…

El caso es que del realismo literario que fue conquistando el siglo XIX se pasó a una visión más extrema en cuanto al reflejo de la realidad por la pluma de un escritor. El naturalismo, estructurado por Zola, venía a defender la absoluta abstención de la subjetividad del novelista, quien, afilando al máximo el lápiz, como si de una herramienta de precisión se tratara, debía comportarse ante la escena que pretendía describir como «un juez de instrucción». Guardándose muy mucho de verter en el texto sentimientos, opiniones, gustos personales; ni tan siquiera un «tono» individual que pudiera alejar al lector de una lectura «natural» de la realidad, tal como ella misma fuere. Ni Galdós ni Pardo Bazán, por lo que al realismo español respecta, darían ese salto, tiñendo su visión de una cierta calidez, de interpretación... Subjetividad, en suma, que los alejaba de la frialdad científica de Zola y los naturalistas.

En ese realismo de corte costumbrista, cálido y próximo, endulzado con más de un gramo, y de dos, de ternura, habría seguramente que incluir la segunda novela de una muy interesante autora, María Eugenia Sanz Sada: La última caja de litines. Editada por La Fragua del Trovador, sello de exquisito gusto y estimulante catálogo, sus páginas nos trasladan a la Zaragoza de los años cincuenta. En aquellas plazas y calles un elenco de variopintos personajes nos invitará a conocer sus gustos y pasiones, secretos y estrategias.

Melodrama, desde luego, y en estado puro, pero también realismo español, a la manera de Galdós, incluso del Cela de La colmena; ese que busca conmover el corazón del lector y, al mismo tiempo, describir un tiempo y una época.

Nostalgia, evocación... Literatura.

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