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Opinión

Construir enemigos

Me refiero a la necesidad de las derechas de construir enemigos. Quizá lo aprendieron de Franco con aquello de la conjura judeomasónica que nunca existió más que en la cabeza del dictador y en los fanáticos que consumían su propaganda. Quizá no hacen sino copiar las técnicas de otros dictadores, fascismos o regímenes autoritarios. Para Orbán, en Hungría, por ejemplo, fueron los poscomunistas, después George Soros y después Angela Merkel, y el globalismo, la emigración, las feministas, o sea los mismos enemigos que todos los ultras y algunas derechas contagiadas. Pero es habitual en todas ellas la descalificación y deslegitimación del adversario político. Esto es un denominador común. Hay que ver por ejemplo lo que hizo Trump con Obama o con su antecesor Joe Biden y ahora, sentado en el trono del emperador, con cualquiera que ose llevarle la contraria, incluido un o una periodista que le haga una pregunta incómoda a la que llama cerdita y se queda tan ancho. En España estas técnicas están muy presentes, aunque le llamen polarización. A los presidentes de izquierda se les deslegitima desde el minuto uno de su mandato. Lo sufrió Rodríguez Zapatero y lo esta sufriendo Sánchez. También otros políticos de izquierda. Las derechas convierten al adversario en un enemigo. Sánchez sufre una descalificación permanente, total, basada en mentiras, incluyendo los insultos más soeces. En una democracia tiene que haber proyectos diferentes, alternativas distintas sobre las que los electores libremente decidan. Pero no, el adversario no representa otro proyecto sino que se le convierte en el mal absoluto, se le denigra, se le representa como inmoral. Poco importa que todo sea mentira. Lo que importa es hundir al que compite legítimamente por el poder. Hay un estudio de un Centro de investigación (CALAS) que muestra el mismo denominador común en distintos representantes de las derechas radicales. A ellos se pueden añadir con todo el rigor académico a la que le gusta la fruta, a Feijóo y a Abascal. Y eso no es propio de una sociedad democrática sino de mediocres aspirantes totalitarios, ultras y fascistas.

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