Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Descubridores del universo

Recitar los planetas de nuestro sistema solar nunca fue tan difícil como hacerlo con la lista de los reyes godos, pero de lo que no cabía duda era de que esa nómina planetaria de cuerpos orbitales alrededor del sol concluía con Plutón.

El resto eran Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Plutón sería el último de la lista, al ser el más tardío con respecto a su descubrimiento, ya que hasta 1930 no fue visionado por el astrónomo estadounidense Clyde Tombaugh.

Sin embargo, su prestigio como planeta no iba a durar demasiado tiempo. Otros astrólogos repararon en que no acababa de cumplir las condiciones requeridas por un planeta «de verdad». En su magnífico ensayo Pioneros del cosmos (editorial Menoscuarto), Antonio Pérez-Verde nos recuerda cuáles son tales requisitos: 1) debe orbitar a una estrella sin ser otra estrella ni un satélite de otro cuerpo; 2) debe tener la masa suficiente para que, por la fuerza de su propia gravedad, adquiera un aspecto esférico o casi esférico; 3) debe mantener despejada su vecindad orbital de otros objetos significativos, exceptuando sus satélites. Al demostrarse que Plutón compartía órbita con «objetos transneptunianos» de tamaño parecido al suyo se dedujo que no era gravitatoriamente dominante. Él y sus satélites -Caronte, Nix, Hidra, Cerbero y Estigia- fueron excluidos de la lista de grandes planetas del sistema solar y arrinconados en una nueva categoría, la de «planetas enanos», que en adelante compartirían con otros «objetos celestes»: Ceres, Eris, Makemake, Haumea...

Existen, además, naturalmente, los exoplanetas, o planetas extrasolares, aquellos que orbitan a una estrella diferente al sol. Estos fueron descubiertos por Giordano Bruno, quien se adelantaría cuatro siglos a su estudio. Pioneros del cosmos dedica numerosas referencias a Bruno, así como a Galileo, Kepler, Dee, Newton y el resto de preclaros científicos y físicos que, paso a paso, fueron avanzando hacia el sistema heliocéntrico, y de ahí al conocimiento de la Vía Láctea, de las sucesivas galaxias, de los agujeros negros, con el misterio siempre al fondo de la creación y expansión del universo.

Leer este libro de Antonio Pérez-Verde, colmado de interés y sabiduría, regala una manera amena y práctica de recorrer el mismo camino que las primitivas lentes y los sofisticados telescopios de los míticos oteadores de las fronteras celestes.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents