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Opinión

Cuerpo y España

Sánchez parece girar hacia el pragmatismo: técnica, moderación, buenos modales. Una combinación pensada para disputar el centro político

Durante 537 días, el entonces ministro Carlos Cuerpo no fue interpelado por la oposición en una sola sesión de control en el Congreso. Hoy es vicepresidente del Gobierno, y con ese ascenso, pasará también de la invisibilidad a convertirse en objetivo prioritario de las diatribas parlamentarias a la vuelta de Semana Santa.

Carlos Cuerpo encarna el relato socialdemócrata que el presidente se esfuerza por preservar. Nieto de un minero que empezó a trabajar con nueve años, hijo de profesores de instituto, técnico del Estado «teco» y finalmente ministro. Un itinerario que sintetiza el ascensor social que definió a varias generaciones en España, pero que hoy aparece cuestionado. No es casual que ese relato resurja ahora, las dificultades de los jóvenes para acceder a una vivienda o sostener un nivel de vida equiparable al de sus padres han erosionado una de las promesas fundamentales del sistema.

El nuevo vicepresidente, además, no está afiliado. Es un técnico con vocación política, en la línea de las apuestas que en su día hicieron otros presidentes, como Belloch en tiempos de González o Gabilondo y Garmendia con Zapatero. La elección no es inocente. En un contexto de fragmentación política y desgaste institucional, la figura del experto, discreto y eficaz funciona como contrapeso frente al ruido. Capaz de esbozar unas frases en japonés en un congreso o de defender intereses comerciales en China con soltura suficiente. «Útil, educado, amable», subrayó el nuevo ministro de Hacienda, Arcadi España, en su toma de posesión, un retrato que podría aplicarse a ambos.

Porque el otro gran movimiento es precisamente ese, la llegada de España al Ministerio. Procedente de la Comunidad Valenciana que ha marcado la política nacional reciente como antes lo hacía Andalucía. El modelo de gobierno de Ximo Puig, sostenido en pactos progresistas, sirvió de laboratorio para el Ejecutivo central. Al mismo tiempo, los acuerdos entre PP y Vox en ese territorio anticiparon dinámicas que luego se replicaron en otras comunidades.

Arcadi España representa también otra de las obsesiones estratégicas del presidente, la España plurinacional. Defensor de una visión periférica del Estado, su presencia en el Gobierno apunta a la voluntad de tender puentes, especialmente con el nacionalismo catalán, clave en la estabilidad parlamentaria desde la investidura. Con la izquierda relativamente consolidada bajo su liderazgo, y con el espacio a su izquierda en proceso de reconfiguración, el presidente parece girar hacia el pragmatismo. Técnica, moderación, buenos modales. Una combinación pensada para disputar el centro político, donde aún hay votos por conquistar.

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