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Opinión

La memoria como arte

La facultad de la memoria y el arte de cultivarla y preservarla contra «los desvanecimientos del tiempo», como dejó escrito Cicerón, es el principal objeto de análisis y reflexión del portentoso ensayo de Francis E. Yates titulado El arte de la memoria (Capitán Swing).

Un ensayo, alabado por el mismísimo E. H. Gombrich, en el que la citada autora se remonta al origen primigenio de la conciencia humana de la posesión de una facultad memorística, y de su capacidad para, empleándola y adaptándola, ponerla en valor en el contexto del conocimiento global.

Según Yates, la primera formulación de los ejercicios memorísticos metódicos, eficaces, y con ribetes científicos habría que buscarla en Simónides. Un filósofo griego, contemporáneo de Sócrates, que fue capaz de recordar todos los nombres de los asistentes a un banquete cuyo salón se había derrumbado, aplastándolos bajo sus rotas columnas hasta deformar sus rostros y cuerpos. Gracias a Simónides, y a su memoria, tan precisa que pudo determinar los lugares donde se sentaban, y por lo tanto sus nombres, fue posible identificar sus restos.

Junto con la invención, o imaginación, y el propio pensamiento, Sócrates, Platón y Aristóteles valoraron en gran medida la memoria como una de las principales potencias intelectuales del ser humano; pero habría que esperar al mundo romano, al antes mencionado Cicerón, a Quintiliano, a los primeros padres de la iglesia, para que la «memoria artificial» fuese desarrollando sus recursos mnemotécnicos.

¿Cómo? Fundamentalmente, a base de identificar «cosas» con palabras, o conceptos con «lugares mentales» donde «depositarlos» y de donde «extraerlos» para un uso concreto. El ambicioso ensayo de Yates abarca otros muchos aspectos evolutivos de esta memoria que nos hace humanos, distintos, capaces de viajar en el tiempo o de detenerlo con una facultad en la que muchos han intuido una cierta «divinidad». Al menos, una especie de don o de unción ajeno a todo el resto de especies, incapaces –que sepamos– de articular un mecanismo memorístico sobre un lenguaje articulado.

Un libro que, al relacionar la historia de la cultura con el arte de guardar la memoria nos fascina con sus lúcidas y reveladoras ideas, abriendo nuevas puertas al conocimiento y a su estudio.

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