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Opinión

Javier Gascón

Javier Gascón

Bibliotecario

Semana Santa S.A.

«Yo no me quejo cuando una manifestación contra la guerra por el centro de Zaragoza corta el tranvía por unas horas», claman algunos. ¿Por qué nos quejamos de las procesiones de Semana Santa los que no llevamos capirote ni tercerol ni tocamos el bombo o el tambor? Si luego cuando llegan Pilares celebramos el pregón y los conciertos gratuitos y llevamos a los peques a la cabalgata de Reyes. Después de todo solo es una semana al año, una semana que genera riqueza en la hostelería, puestos de trabajo en sectores vinculados a la sastrería especializada, al comercio de cosillas propias de las cofradías, palmas y chucherías para el Domingo de Ramos. ¡Qué difícil explicar que la Semana Santa es la expresión del uso privatizado del espacio público para una religión, por muy mayoritaria que sea, en un Estado aconfesional!

Por mucho que el 12 de octubre conmemore la venida de la Virgen a Zaragoza y su aparición al apóstol Santiago (¿nos estamos oyendo?) y el 6 de enero la Epifanía del Niño Jesús, ambas se han convertido en festejos laicos, igual que muchas de las festividades religiosas recogieron la tradición pagana precristiana, asimilando celebraciones que poco tenían que ver con los evangelios. Lo aprendí estudiando Iconografía en esa universidad que penaliza las humanidades para el futuro laboral de los románticos, frente a quienes piensan que la nueva religión son las carreras tecnológicas (precisamente las más expuestas a ser reemplazadas por la inteligencia artificial).

La Semana Santa aragonesa, después de todo, no tiene una implantación equiparable a la andaluza, donde los ensayos con pasos simulados ocupan las calles cualquier día del año. Prueben a asomarse al balcón un domingo de enero en Jerez de la Frontera y tal vez se sorprendan viendo un paso sin imágenes, cargado con sacos de arena y un equipo de música con marchas religiosas, para preparar una estación de penitencia, o sea, el recorrido que estos días las hermandades transitan por las calles de los pueblos y ciudades de toda España. No nos quejamos tanto cuando es una carrera popular, una media maratón o una marcha de la mujer la que se apropia de las principales avenidas, nos dicen los de las cofradías.

El Ayuntamiento de Sevilla amenaza con desposeer al grupo municipal de Podemos de sus butacas asignadas en los palcos oficiales, por haberlas sacado a subasta. En Cádiz se adelantan al paso de las procesiones colocando sillas en plazas y terrazas con horas de antelación, como quienes plantan la toalla y la sombrilla a primera hora en primera línea de playa para coger sitio en las zonas saturadas. El negocio del recorrido del encierro de San Fermín ha generado una economía paralela. El problema es que se trata de negocios puntuales que no afectan a la vida cotidiana de las localidades. La Semana Santa, en cambio, es un parón de la movilidad del centro de las ciudades al servicio de la religión cristiana. En muchos puntos del sur de España comienza dos meses antes con la colocación de los palcos (regalados a las hermandades para su venta a particulares) en el recorrido oficial. En el norte podemos agradecer que se trata de momentos circunstanciales que además animan al turismo. Y, si no nos gusta, siempre nos queda la opción de escapar a la playa o a la montaña, porque nuestros pueblos también se saturan con exaltaciones del bombo y el tambor. Yo mismo me voy a ver a Rosalía en pleno Viernes Santo al Movistar Arena.

La Semana Santa acapara el espacio público para unos pocos o unos muchos, me da lo mismo, que profesan una religión o unas tradiciones más o menos asentadas. Precisamente fue la democracia la que popularizó un evento que anteriormente era patrimonio de «los muy cafeteros». El capitalismo enseguida vio una oportunidad de negocio en ello, para fieles e infieles. Y terminó por convertirlo en una suspensión del tiempo regular, de la jornada laboral, para hacer de ello otro de esos momentos de supuesto tiempo libre en el que los trabajadores dedicamos nuestro ocio al consumo.

Cuando tanto dinero se mueve en nuestra sociedad para desplazamientos, reservas hoteleras, cruceros y demás actividades ajenas al trabajo habitual, hay que pensar que se trata de una prolongación del mismo; que seguimos realizando actividad productiva, con la diferencia de que en lugar de ser remunerados, pagamos por ello. Y con el agravante de que cedemos gratuitamente el espacio público a entidades privadas para su comercialización.

El olor primaveral del azahar en las calles de Andalucía se ve contaminado por el olor a incienso cuando llega la Semana Santa. Los coches patinan sobre la cera de las velas. La arena de la costa y los senderos de la sierra se llenan de urbanitas. Las empresas de alquiler de caravanas hacen su agosto en pleno mes de abril. El tiempo se detiene por unos días. Da lo mismo que Jesucristo sea llevado a juicio, muera cruelmente y resucite. Lo que importa es si el camino del Calvario puede ser monetizado urbi et orbi.

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