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Opinión | Sala de máquinas

La salud de Trump

La salud, y en particular la salud mental de Donald Trump, comienza a ser objeto de debate. Hay síntomas más que evidentes de que su cabeza no funciona correctamente. Sus constantes amenazas, rectificaciones, contradicciones, olvidos, confusiones o imprecisiones podrían explicarse tal vez desde un punto de vista médico como alguna clase de alteración psíquica que perturbara su actividad profesional al frente de la presidencia norteamericana y que, en última instancia, lo inhabilitase para el desarrollo de la misma. De darse dicha circunstancia, no sería un caso demasiado diferente al que obligó a Joe Biden a retirarse de la vida pública.

Naturalmente, el inquilino de la Casa Blanca ni reconoce padecimiento ni limitación alguna ni se va a prestar a mostrar sus chequeos clínicos. Seguirá consumiendo su lote de aspirinas diarias, preventivas, según él, de riesgos circulatorios, e ingiriendo alimentos que no debería, pero a cada nueva jornada su aspecto resulta más inquietante, su mirada más hundida, su ceño más fruncido, su mandíbula más proyectada, sus manos más hinchadas, sus hombros más vencidos... En una cascada de señales que indican un deterioro generalizado de su salud. Por la edad, también, y por el estrés, sin ninguna duda, de un cargo que no da tregua y que obliga ciertamente a soportar insoportables presiones, pero también, quizá, ¿a causa alguna dolencia secreta, síndrome o desequilibrio que estuviere perturbando su lucidez y condicionando sus decisiones?

Los americanos, en primer lugar, y buena parte de los ciudadanos del resto del mundo se sentirían más seguros de descartarse estas sospechas desde la propia Casa Blanca, pero como no parece que eso de ninguna manera vaya a suceder, la salud de Trump seguirá poniéndose en duda desde diversas estancias. Sus adversarios políticos, los desquiciados demócratas, serán los más insistentes, buscando tumbar a un presidente que se ha convertido en una amenaza para sus derechos individuales y colectivos, y por extensión para un derecho internacional que Trump ni conoce ni reconoce ni respeta.

Aun en el supuesto de que no padeciera nada, y de que su salud fuese la de un roble, su ignorancia de las más elementales normas de la democracia lo erigen en el peor de los presidentes posibles.

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