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Opinión | El comentario

El insulto y el odio se consolidan en la sociedad española

Nos estamos acostumbrando demasiado a que los mensajes que van saliendo de la boca de algunos representantes de nuestra clase política sean más propios de una discusión en la barra de bar que del diálogo responsable de personas que ostentan la representación de ciudadanos que los han elegido en unas elecciones democráticas. Ese lenguaje oculta los discursos de aquellos que también existen, que hacen de la educación el respeto al adversario, que nunca enemigo.

El ruido invade unos debates que se llenan con medias verdades y a veces con auténticas mentiras que llenan titulares de los medios de comunicación y que solo sirven para generar una tensión que no se arregla con una disculpa hipócrita, una sonrisa o un cínico apretón de manos. Estos comportamientos generan un marco de relación que hace muy difícil que los partidos puedan ponerse de acuerdo cuando momentos antes descalificaciones y falta de respeto son el fondo de su interlocución.

Las ruedas de prensa, con preguntas o sin ellas, las entrevistas y los debates parlamentarios de ambas cámaras, se han convertido en una especie de circo donde sueltan un titular para el argumentario a la vez que intercalan adjetivos calificativos del adversario, que solo persiguen dañar su imagen y proyecto. Sus discursos se llenan con palabras vacías de contenido que no sirven para resolver los problemas que sufren los ciudadanos y mayormente los estratos más débiles de la sociedad, un sector que aumenta imparablemente.

En demasiadas ocasiones se olvidan que, una vez finalizados los periodos electorales, se deben de poner a trabajar, unos gobernando y otros proponiendo desde la oposición, aquellas mejoras que los que gobiernan no aciertan a desarrollar

Parece que esta práctica les impide ver qué elección tras elección la gobernabilidad se complica, y que solo con el diálogo responsable y el respeto se pueden conseguir acuerdos que sirvan para mejorar la vida de los ciudadanos, que las empresas puedan planificar su actividad y los servicios públicos cumplan su misión.

Con este ambiente que están creando resulta imposible que PP y PSOE se puedan poner de acuerdo, posibilitando que VOX, con un debate populista que no concreta nada y que tampoco facilita la acción de gobierno, escale posiciones en votos y escaños. Resulta paradójico en un partido que no cree en una Constitución votada por los españoles, que pone en entredicho muchos derechos y mejoras sociales conseguidas en la democracia y que defiende postulados que vivimos en la etapa más negra de nuestra historia.

Estamos viviendo una situación internacional gravísima, que está afectando a las economías de todo el mundo y por supuesto a España. No se entienden las dudas del PP ante ese escenario internacional en un momento en que se necesita la unidad más que nunca y tampoco que PP y PSOE, como partidos de gobierno, se pasen el día echándose en cara sus corrupciones, viendo cómo militantes destacadísimos de ambos se sientan en los banquillos dando una imagen bochornosa de su gestión. Tampoco ayudan nada esas deslegitimaciones del gobierno, son impropias en una democracia que se rige por un sistema que concede el poder a aquellos que consiguen más apoyos en el Parlamento. Es hora de levantar la mirada y que todos se pongan de acuerdo para poner coto a esas irregularidades de las que tanto se acusan.

La democracia es el gobierno de todos en justa representación; las posiciones de algunos partidos están llevando a la clase política al descrédito más absoluto y a los ciudadanos a un estado de escepticismo y decepción que no preconiza nada bueno en el futuro más próximo. La prueba la tenemos a diario, el ambiente social se está crispando y como botón de muestra tenemos los insultos a Pedro Sánchez en el partido de fútbol contra Egipto y los gritos racistas contra los musulmanes.

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